¡Que nadie se atreva a nombrarme!

¡Que nadie se atreva a nombrarme!
Yo aprendí a hacerlo en la desgarradura.
Me pregunté qué había al otro lado
de lo que los demás creían que era
y me volví sombra
para mirarme de lejos
En la oscuridad fui ceguera irreversible
y establecí los límites de mi autoengaño.
¡Que nadie se atreva a nombrarme!
para complacer a su ego
para compararse y no sufrir
Yo ya no soy para que sean
aquellos que intentaron darme nombre
Antes de conocerme
aprendí a nombrar
la herida, la huida y el tiempo
Supe que no soy Eva, ni Lilith, ni Sarah
no soy Betsabé, ni María, ni Diana…
Sé que soy la eterna,
pero ese tampoco es mi nombre
Sé que soy la insumisa,
pero ese tampoco es mi nombre
Sé que soy la salvaje…
¡Que nadie se atreva a llamarme!
Pues vendré en forma de viento
sin máscaras, ni pintura
con los ojos de tormenta
abiertos como ventanas
Ya no me avergüenzo
aunque hace siglos me hicieran pensar
que si me miraban de frente
podían metérseme en las entrañas
arrancarme mi nombre
y despojarme de mí
Ahora comprendo que ese nombre
se gestó mucho antes
de que nadie pudiera verme
que es un nombre antiguo e incandescente,
de carne, sangre y aullidos
de flujo, tierra y hiel
que no es un nombre prestable,
ni que se pueda robar
Nadie conoce mi nombre
porque no está hecho de verbos
Así que ¡No me llaméis con palabras!
Porque arderán
y entre las cenizas quedará solo
mi verdadero nombre innombrable.
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