#206

Cierro la puerta de la habitación. Es la misma que la última vez que estuve en este hotel. Con la luz de emergencia parpadeando y las polillas muertas en la lámpara del techo. Voy demasiado borracha, bastante más que la noche en la que él acariciaba mis caderas huesudas con sus manos y me ponía la piel de gallina. Me dejo caer sobre la cama. Al cerrar los ojos veo chispas de colores. Son muy bonitas. Me gustaría quedarme mirándolas para siempre, pero abro los ojos y todo me da vueltas. Él ya no está.

Me deshago de las zapatillas y los vaqueros haciendo fuerza con los pies, deslizando la tela por mis piernas poco a poco hasta sacarlos de mi cuerpo. Es la manera mas difícil pero no tengo fuerzas para incorporarme y hacerlo con las manos. La ventana está abierta y se cuela el viento cálido de la noche de verano. Se mecen las cortinas. Malditos fantasmas. Me quito la camiseta y me quedo en sujetador y tanga. Nunca había llevado tanga hasta entonces. Creo que ahora solo lo llevo para sentirme aun más lejos de quien era cuando estaba con él.

Todo se mueve más deprisa. Tintinea una campanilla a lo lejos. Huele a incienso y suena un réquiem de sueños tristes. Pero no me puedo dormir… Es como si en algún rincón de ese cuarto se estuviera celebrando una misa de difuntos, una ceremonia lúgubre.

—¡Vámonos de aquí!—grito, pero nadie contesta.

Recuerdo aquella vez, cuando tuve que marcharme del trabajo porque me dolían los riñones. Al llegar al hotel necesitaba un baño caliente. Él se metió conmigo en la bañera. Era la primera vez que estábamos desnudos, juntos en el mismo espacio. El agua tibia nos reconfortó. Me besaba mordiéndome la boca. Nuestras salivas se mezclaban con el agua turbia que danzaba en la bañera. Yo sonreía con los labios doloridos y rojos como frutas.

Oigo su voz que me llama desde la entrada de la habitación, se confunde con la música del órgano de la iglesia. La luz de emergencia parpadea con furia. Me levanto de la cama, me duele la cabeza y tengo las tripas revueltas. Parece que camino sobre nubes o sobre el agua que se salió de la bañera por todo el suelo del baño, aquel día mientras hacíamos el amor. Entro al baño y se me moja la parte de abajo de los calcetines. Odio esa sensación de frío interno. Me santiguo con el agua del lavabo y me pongo de rodillas junto a la taza. Todo es demasiado blanco o demasiado negro. Él ya no está.

Devuelvo todo el exceso de alcohol que tenía en el cuerpo. Mareada y convulsa grito una plegaria al suelo e intento incorporarme. Cada vez suena mas leve la música del órgano en mis oídos. Se acaba la ceremonia. Vuelvo hacia la cama arrastrando los pies. El suelo vuelve a estar seco. Ha parado el viento y hace mucho calor. Me tumbo y cierro los ojos de nuevo, ya no veo las chispas de colores, la luz de emergencia está quieta y ha cesado la música. Pero aun sigo oyendo su voz desde la entrada de la habitación que me grita:

—¡Vámonos de aquí! —Pero yo ya no estoy.

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Solo agua

Yo lo maté. Lo maté una tarde de marzo. Con la mano en el pecho para que no se escapara, salí de casa y corrí. Corrí bajo la lluvia hasta quedar sin aliento. Hasta que sentí palpitar mis piernas. Y allí, parada en una esquina de una calle cualquiera, lloré. Lloré hasta que me dolieron los ojos.

Pero ¿qué son las lágrimas en medio de la lluvia? Sino más lluvia, más gotas y más gotas. Solo agua, solo agua, solo agua… Las gotas son todas iguales. Idénticas. Se agolpan una a una en el cristal, poco a poco, una a una, y se van haciendo más grandes y más grandes y más grandes, y cuando ya no aguantan más, resbalan dibujando sus líneas imperfectas, hasta caer definitivamente y pasar a ser charco…

Solo agua. Solo agua. Solo agua…

Y puede que la vida no tenga sentido, que sea una burbuja que al final revienta sin más, un viaje de ida, un jazz que termina y los músicos se van. Y mientras está la realidad, la realidad que es así, casi siempre más dura que la vida. Al fin y al cabo es donde estamos y si el viento sopla lo único que nos queda es seguir viviendo y caminar, solamente caminar.

Yo lo maté. Lo maté cuando me miraba fijamente, muy despierto, con los ojos abiertos de par en par. Confiaba en mí y lo maté. Y  vinieron las nubes y se rompió el cielo y corrí bajo la lluvia… Y lloré, y lloré, y me limpie las manos de su sangre con el agua que caía de mis ojos…

Solo agua. Solo agua. Solo agua.

A veces creemos que existe lo eterno. Como si pudiéramos no lavarnos las manos nunca después de tocar la piel de quien amamos o dejar nuestra ropa tirada en el suelo después de hacer el amor. Y vagar por el mundo desnudos en busca de esas pequeñas muertes, como ingrávidos cuerpos compuestos de inertes almas. Me gustaría quedarme en ese instante para siempre, morir una vez más, y otra, y otra.

Pero las farolas rotas siempre esperan que alguien las vaya a arreglar. Sin saber que son piezas de un puzzle que ya no encajan. Pertenecen a otro mundo: al de los olvidados y los tristes, al de las alcantarillas sucias y atascadas de dolores, al de las puertas cerradas con pestillo y las mil y una noches en vela. Solo son una mezcla de pedazos de cristales rotos y penumbra gris. Son los trocitos de vidrio que se clavan en medio del pecho cuando alguien se va.

Yo lo maté. Lo arranque de su remanso de paz. Me desgarré el pecho con las manos,  lo cogí fuerte y tiré y tiré, hasta que se desprendió y lo solté en un abismo. Cuando lo vi caer aun latía y se volvió piedra por lo rápido que cayó. Cayó y calló. Se rompió en mil pedazos al chocar contra el infinito y nunca más pude juntar todas las partes. Otro suicidio innecesario.

Las porciones que encontré me las llevé a casa envueltas en un jersey y las metí en dos botecitos. Sangraron durante años y finalmente se volvieron líquidas, como las olas o como el llanto silencioso del que sabe que no volverá a ser el mismo. Se mimetizaron con el temblor y la ira, con la envidia y el qué dirán, con la soledad y las horas. Pero callaron siempre, siempre callaron, siempre el silencio. Y con el tiempo, las de un bote se volvieron blancas como la tierra y las otras azules como el mar.

Solo agua. Solo agua. Solo agua.

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Nocturnidad variable

“Estoy tan solo como este gato…

y mucho más solo, porque lo sé y él no”

Julio Cortázar

 

 

La noche está en ese punto de oscuridad plena antes del amanecer. Me he despedido del grupo hace un rato en la puerta de la discoteca y ahora estoy de pie en la calle sin saber muy bien qué hacer. Soy muy consciente de que no los echaré de menos. A ninguno de ellos. Ni siquiera sé si puedo llamarlos amigos, sería más acertado calificarlos de “compañeros de juergas nocturnas”. Casi ni recuerdo sus rostros ni sus nombres. Nos conocimos en una de estas aplicaciones que “ayudan” a aumentar tus relaciones sociales, que te ofrecen planes alternativos cada noche si es que ya has desechado el típico de quedarte en el sofá de casa viendo la película mala que echen en la televisión. Hemos quedado anteriormente un par de veces. Ninguna ha resultado demasiado divertida o trascendente. El resultado de esta última ha sido que las luces de neón me han cegado durante toda la noche y no he encontrado ni una mano a la que aferrarme si me perdía en medio del tumulto. Me invade una honda nostalgia al pensar en lo sola que estoy. ¡Menuda mierda de aplicaciones hacen últimamente!

Camino sin rumbo esperando que llegue el día, aunque algo me hace dudar de que vaya a hacerse la luz en algún momento. Todo tiene un tinte muy negro esa noche. Algunas farolas luchan por mantenerse encendidas y otras están hechas añicos, obra de algún gamberro que les ha tirado piedras con la suerte de acertar de pleno. Ando despacio, entreteniéndome con cada detalle que veo a mi alrededor. Quiero saber si, por casualidad, la noche tiene algo más que ofrecerme, después de llenar mi mente y mi cuerpo de música estridente, alcohol y decepciones una vez más.

Tener algo que contar siempre está bien, por eso busco algo que me inspire: una historia de última hora, una persona interesante que se haya quedado sola como yo en medio de la nada… Siempre he pensado que cada segundo de la vida tiene su magia y que durante la noche esta magia aumenta, llegando a hacernos pensar que muy pocas cosas son realmente imposibles. En algún rincón puede aparecer alguien con quien compartir experiencias, con quien acabar riendo y tomando una última copa. O con quien comparar nuestras vidas y de pronto comprobar que no somos tan diferentes. Al fin y al cabo todos los de por aquí acabamos viviendo de manera casi idéntica.

Me cruzo con una pareja que anda a trompicones, sosteniéndose como pueden el uno en el otro. Se tambalean tanto que casi van encorvados para poder mantener el equilibrio. Entre carcajadas y muy conscientes de su estado acercan torpemente sus bocas hasta darse una especie de beso. Resulta un poco grotesco ver un beso dado en esas circunstancias. Creo que los besos son algo sagrado, un ritual mediante el cual dos almas se comunican. Por eso no puedo soportar los besos sin sentido y ese había sido uno totalmente fuera de lugar. Otra decepción.

Me voy acercando a una parte de la ciudad que me resulta familiar y vagabundeo por las estrechas callejuelas. Las farolas siguen encendidas pero ya con ganas de apagarse. Su luz es tan tenue que otorga al barrio un aspecto más gris de lo habitual. La fiesta también lo ha seducido esa noche, dejándolo desolado a su paso. Lo sé porque lo único que veo por todas partes son montones de basura: cartones de vino abandonados, litronas vacías, vasos de plástico medio llenos, colillas consumidas por algún joven ansioso por encontrar a alguien con quien curar sus penas y jirones de algún beso furtivo. Invade el ambiente un fuerte olor a orín y a lágrimas de desamor.

La algarabía ha dejado paso a un silencio absoluto, casi fantasmal. Es ese tipo de silencio que precede al despertar de los que tienen que levantarse para ir al trabajo. Persiste dentro de mí el leve mareo que deja el alcohol una vez instalado en la sangre. Corre por mis venas desesperado por llegar de nuevo al cerebro y hacerse dueño de mí, pero ya no lo consigue. Es demasiado tarde para seguir riendo. Simplemente tengo un embotamiento en la cabeza y ganas de llorar. Además de un hormigueo constante en las extremidades, un leve cosquilleo que sube por los brazos y las piernas, que se mueven por inercia sin importarles a dónde nos dirigimos.

¿Qué es lo que nos hace volar?, ¿cuántas copas hacen falta para sentirse libre?, ¿cuánto vale esa libertad? Hace falta tiempo para darse cuenta de que ese mismo tiempo se nos escapa sin que podamos retenerlo. Para ser conscientes de que es ese mismo tiempo el que no te deja ser libre, el que te amarra y te recuerda que estás a su merced. Por eso en ocasiones queremos que se detenga: bebiendo grandes tragos de alcohol, bailando en los bares cada noche o esperando a que se nos apaguen los cigarros en el cenicero mientras leemos poesía en el sofá. El alcohol y la literatura hacen que el tiempo se pare.

Un gato negro sale de detrás de un cubo de basura maullando. Parece que reza una oración. Creo que es más bien una súplica, un lamento, una especie de homenaje que le obligan a realizar para despedir a la noche. Esa noche que lo camuflaba entre las sombras y que no quiere que se acabe. Su pelaje está adornado con destellos azules, como si se hubiera alojado la luna en su interior. Avanza con su triste cántico, directo a algún lugar en el que poder seguir pasando desapercibido ante el día que se aproxima. Realmente solo quiere dormir. Dormir nos ayuda a descansar de la realidad que nos abruma.

Lo sigo sigilosa por las calles. Se bambolea con paso lento y muy pegado a la pared. Buscando el lugar ideal para su descanso. Pasa sin detenerse por diversos portales de toda índole hasta que, por fin, se para frente a una puerta enorme de madera y atravesándola sin dificultad por un minúsculo agujero que hay en la parte inferior. ¿Cómo son capaces los gatos de meterse por semejantes huecos? Entonces imagino que es un gato mágico, un gatomante, un gato de Cheshire al que le han robado la sonrisa. Me siento como Alicia en medio de todas esas calles y edificios, a veces diminuta y a veces enorme. Pero el País de las Maravillas desapareció hace ya muchos años, dejando paso a la cruda realidad.

Me agacho para asomarme por la pequeña abertura por la que, pocos segundos antes, ha desaparecido mi amigo felino. Al mirar por el agujero descubro que el gato ya no está allí. En su lugar hay una mujer sentada en una silla con la cara llena de lágrimas. Sus piernas son largas y esbeltas. Viste un traje negro impoluto y se está calzando unos tacones. Seguramente trabaje en una oficina y ya es la hora de prepararse para comenzar una nueva jornada laboral.

El cielo empieza a clarear poco a poco, se apagan las farolas y se abre el telón. Ya se oyen las cafeteras borboteando en las cocinas mientras se despegan las sábanas y los ojos. Tengo las manos muy frías. Ha sido una noche larga e improductiva. Me las caliento con la taza de café humeante que está sobre la mesa. Espero que la camisa esté lo suficientemente planchada y los zapatos sean lo suficientemente altos. Salgo corriendo de casa. Apresuro mis pasos hacia la avenida principal para no perder el autobús. Ya suenan las primeras campanas y cantan los pájaros, tímidos aun para no despertar a los gatos. Ojalá pudiera dormir como ellos o volar y pasarme el día cantando como los pájaros. Pero la oficina me espera. Será una mañana muy dura.

 

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El monstruo

“Era la puerta que el hombre se cierra a sí mismo

ante la contemplación del espectáculo humano,

quedando atrapado dentro de su angustia y soledad”.

  

“El sueño de la razón produce monstruos” (Goya)

 

 

Tenía el presentimiento de que aquel día tampoco iba a venir. Aun era temprano pero ya empezaba a oscurecer. Veía a duras penas el final del camino desde la ventana de la vieja casa. El cielo se iba apagando poco a poco como una vela que se consume en una iglesia. La verdad que el bosque tenía un encanto especial en aquella época, cubierto por una alfombra infinita de diferentes tonalidades de ocre. Caía la penumbra sobre las hojas esparcidas por el suelo, inundando con destreza cada rincón, deslizándose entre los álamos como un río silencioso que se sale de su cauce. Bajaba también a esas horas la niebla desde las montañas para aposentarse en el jardín. Una año más el otoño había entrado en mi vida sin previo aviso. Quizá ya nunca se marchara.

Salí al porche, la madera del suelo crujía bajo mis pies cada vez que la pisaba como quejándose por un dolor agudo en los riñones, recordándome el que me asediaba a mí de vez en cuando. Prendí el viejo candil que colgaba cerca de la puerta y me senté en el sillón de mimbre a esperarlo como cada anochecer. Curiosamente no me cansaba de esperar y esperar. Y así habían transcurrido las horas de mi vida. No sé cuánto tiempo permanecía allí absorto, mirando fijamente el camino que se perdía entre los árboles, por donde había desaparecido cada cosa que había querido retener.

Soplaba ya el viento del norte que me obligó a abrocharme el último botón de mi chaqueta. Era el momento de volver a dentro y pasar el tiempo junto a mis relatos. Había algunas épocas mejores que otras. Esta era una de las malas. No había logrado escribir nada decente y llevaba ya varias noches sin dormir en condiciones. Si el sueño me vencía al poco me despertaba con unas taquicardias insoportables. Entonces para tranquilizarme trataba de controlar yo mismo mis pulsaciones. Colocaba los dedos índice y corazón sobre mi yugular y notaba pasar la sangre cada vez más despacio pum, pum; pum, pum; pum… pum…

De alguna manera en otoño siempre tenía la seguridad de que iba a volver. En esa época del año se cerraba el círculo, se recogían las cosechas y los árboles perdían sus vestidos de gala. A esas alturas ya no esperaba que tuviera el mismo aspecto que cuando lo vi por primera vez aquella tarde de abril. Esa vez yo estaba sentado en el porche, intentando como de costumbre escribir una buena historia. El sol y los pájaros habían salido para recordarme que la naturaleza empezaba su vida. De repente escuché algo aproximarse desde el bosque. Cuando levanté la vista del papel él ya estaba allí, plantado frente a mí como por arte de magia.

Se oía tocar un piano a lo lejos en el pueblo. La melodía era triste. El aire traía el sonido hasta donde nos encontrábamos. En algún lugar no muy lejano alguien seguía creyendo en el arte. Observé un tiempo como permanecía allí impasible. Nos estuvimos mirando sin decir nada hasta que cuando por fin me decidí a hablar no pude. Entonces fui consciente: Se parecía tanto a mí… sus ojos eran jóvenes y con ganas de vivir, su boca dueña de una sonrisa llena de entusiasmo, las manos blancas y llenas de luz, la mente segura y rebosante de ideas… Me miraba fijamente y yo me iba hundiendo en sus ojos como en un pozo sin fondo. Me había cautivado por completo. No entendía en absoluto cómo pero lo había hecho. Y yo por desgracia no conseguía hablar ni moverme un centímetro. Quería acercarme a él pero había enmudecido y lo único en lo que podía pensar era que quería tenerlo a mi lado para siempre. Entonces, con una crueldad que me desgarró el alma se dio media vuelta. Me dio la espalda y comenzó a andar. Y yo tuve que quedarme mirando como se alejaba sin poder mover un músculo pero rompiéndome por dentro. Y se fue, caminando lentamente por el sendero hasta desaparecer en la espesura del bosque. En aquel momento supe que lo amaría por siempre y que dedicaría mi vida a esperar que volviera para quedarse conmigo.

Desde ese momento cada noche pasaban cosas extrañas alrededor de la casa. Fue entonces también cuando comencé a beber y a buscar la inspiración a altas horas. El único momento en el que conseguía acallar a mis fantasmas era cuando aparecían los de los demás. Solía intentar escribir o dormir. El sueño y, cuando este no venía, la literatura eran los que me permitían escapar de la realidad, de mí mismo y de mis tormentos. Quería huir y dejar de esperar, pero no podía. A menudo me sentía como aquella paloma que siempre estaba encaramada en el lado oeste de la casa. Pobre pajarillo inmundo, tenía una sola pata rosácea con la que se aferraba a las tablas del tejado como yo lo hacía a la vida, con la diferencia de que ella, si quería, podía volar y yo me encontraba encadenado al suelo.

La oscuridad era ya total. Saqué el whisky del armario y me serví una copa. Necesitaba un poco de alcohol para pasar otra noche más intentando escribir. Arreciaba el viento conforme pasaban las horas. Silbaba ruidoso entre los árboles llegando hasta mis oídos a través de las grietas de la pared. No se me ocurría nada para continuar mi relato.

Por la ventana parecía que la nada invadía todo a mi alrededor. Apuré la bebida y me serví una segunda copa. Dieron las doce en el reloj. Con la última campanada aparecieron ellas, como tantas otras noches. Las ánimas. Almas vagabundas que se dejaban llevar por el viento. Esa noche estaban coléricas, danzando como bacantes enfurecidas en medio de una fiesta. Deambulaban de un lado para otro como queriendo encontrar algo que habían perdido. Nunca se atrevían a acercarse al camino. Se mantenían a una distancia prudencial de la casa desarrollando su danza infernal. Yo sabía que estaban llenas de miedos como yo. Gracias a ellas había aprendido que el miedo era el único sentimiento que no desaparecía ni siquiera tras la muerte. Era algo inherente al espíritu y el cuerpo no tenía nada que ver. A algunas de estas almas se les había concedido el privilegio de gritar y se oían sus lamentos por todo el bosque, unidos a los del viento, como aullidos de un lobo agonizante. Otras se habían quedado eternamente mudas ante una realidad que no esperaban. Quizá durante su vida tampoco habían tenido nada que decir. Su imagen era aun más grotesca que la de sus compañeras, danzando con los ojos perdidos y la boca cerrada. Seguramente lloraban en silencio y eso era mucho peor, porque el dolor que no sale de nosotros se queda dentro y nos pudre el corazón.

Un rayo irrumpió violento reventando no muy lejos de la casa, justo en el medio de la danza de las almas en pena y las hizo desaparecer. Empezó a llover con fuerza. Las gotas repiqueteaban en el alfeizar de las ventanas con su incansable toc-toc. La nada con sus ánimas había sido sustituida por el estruendo y la vitalidad de la tormenta. Sin embargo los truenos traían malos presagios para aquella noche, finalmente ni podría dormir, ni podría seguir escribiendo. Volví a llenar mi vaso una tercera vez.

A la mañana siguiente, después de la tormenta, el sol luchaba por salir entre las pocas nubes rezagadas. Otro día más de espera. Tenía un insoportable dolor de cabeza por la falta de sueño y la abundancia de alcohol. Ojalá acabase pronto con mi relato o mi vida. Había terminado con el whisky pero tenía suministros suficientes para aguantar muchas más noches en vela. Esa tocaría acabar con una botella de vino francés que me había regalado no sé quien. Ya no me acordaba de la gente ni de sus buenas acciones. Mi cerebro se había ido apagando, solo recordaba algunas pocas cosas y personas que habían pasado por mi vida. Lo único importante era que esa botella estaba allí en mi armario y me iba a ayudar a mantenerme despierto una noche más. Pasé el resto del día dormitando en el viejo sofá del porche y observando los árboles mecerse con la brisa. Esperando como siempre a que pasara algo interesante.

Llegó la noche de nuevo. Encendí el fuego de la chimenea del salón y me instalé bien erguido en mi mesa dispuesto a escribir, rodeado de hojas, un bolígrafo y la indispensable copa de vino francés. Por fin pude arrancarme con unas líneas y continuar con mi historia.

Mientras mi bolígrafo recorría el papel se formó con nitidez en mi mente la imagen de una mujer. La había conocido por casualidad esa vez que fui al pueblo vecino para comprar algo de comer. Al entrar en la tienda ella estaba detrás del mostrador con una amplia sonrisa. –¿En qué le puedo ayudar?- Había dicho. Yo me quedé anonadado mirando su boca pronunciar cada palabra. Su presencia detrás de aquel mostrador me pareció un milagro. A partir de entonces frecuenté la tienda de alimentación todas las semanas. Ella apareció en mi vida como por algún truco del azar, como por arte de magia, como él. Sin embargo con ella si pude articular palabras. ¡Cuántas y qué fructíferas! Con ella pude compartir todos mis miedos y mis inquietudes más profundas. Fue una de esas personas que te abren en canal el alma, una de las que nunca se olvidan. Aquella mujer me lo había dado todo y yo la había perdido por pura insensatez. Por pensar que algo mejor vendría o que él iba a volver y nadie podría estar ocupando su lugar. El dolor de su partida volvió a azotar mi corazón como lo había hecho antaño. Me agarré el pecho pensando que lo iba a perder, porque latía fuerte pero muy despacio, tan despacio que no lo sentía dentro de mí. PUM… PUM… PUM… PUM…

Escuchaba el silbido del viento que volvía a enfurecerse fuera. El sonido del mismo entre las hojas de los árboles me traía recuerdos del mar, de aquellas tardes de julio que pasé con ella enterrando los pies en la arena, mirando la inmensidad del mundo, sintiendo a cada segundo de nuestra insignificante existencia. ¡Qué grande era el mar y que pequeños nosotros, qué infinito el tiempo y qué breve la vida! Entrelazábamos nuestras manos y ese tiempo cambiaba su forma y su significado. Pasaban rápido las horas, el sol se escondía y la noche se nos echaba encima sin darnos cuenta. Volvíamos a casa ya de noche por los caminos, riendo sin parar, como ebrios por la luz sol y el calor del verano. Recordé sus manos en mi espalda cuando hacíamos el amor. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, subiendo desde la punta de los pies hasta la frente.

Y así pasaron los años, día a día, hora ahora, minuto a minuto. Pero todo en esta vida tiene fecha de caducidad. Ella había intentado salvarme con sus abrazos, pero la atracción del abismo había sido mucho mayor. Esa atracción que me repetía día a día que nadie podía estar en su lugar cuando volviera. Yo desde siempre había elegido el camino de la espera. De la espera por algo que ni siquiera sabía si algún día regresaría. Ella se cansó de esperar y un día se marchó caminando lentamente por el sendero del bosque sin mirar atrás. Sin embargo su imagen me seguía atormentando algunas noches, apareciendo para recordarme lo solo que estaba. Y aquella noche lo hizo más que nunca.

Dieron las doce mientras el viento norte bramaba sobre las copas de los árboles. Casi ya era un huracán queriendo partir sus robustas ramas. Desde hacía un rato me habían empezado a doler los riñones. Se acababa entonces el estar sentado escribiendo. Arrastraba esta enfermedad desde hacía dos años pero me negaba a dejar de beber. Como siempre había dicho mi padre de algo había que morir y yo esperaba que fuera pronto. Estaba desesperado porque veía que mi vida había pasado en vano. Intenté conciliar el sueño para olvidar mis desgracias.

La noche siguiente fue la más espantosa. Me había despertado mucho peor que el día anterior. A lo largo del día los riñones no me habían dado tregua y empecé a orinar sangre. Me atiborré de pastillas pese a saber que las medicinas ya no me quitaban el dolor, mi cuerpo las había asimilado a lo largo de los dos años y no tenían ningún efecto. Al anochecer me retorcía en el sillón observando las pocas líneas que había conseguido escribir la otra noche. Empecé por intentar relajarme y respirar hondo. Era lo que recomendaban los médicos en los momentos de dolor agudo.

No había un solo ruido en el bosque, no había aire, ni lluvia, ni se oía absolutamente nada. Resultaba irónico que la noche más apacible de ese otoño fuera la más angustiosa que había pasado con mi enfermedad. Parecía que junto a las respiraciones profundas el dolor remitía poco a poco. Entonces oí unos pasos en el porche, la madera crujía bajo las pisadas de alguien. ¿Sería él? No dude un segundo y agarrándome la parte baja de la espalda conseguí levantar mi cuerpo del sillón y fui andando a duras penas hasta abrir la puerta. Miré en todas direcciones pero allí no había nadie. Solo oscuridad. No habían venido esa noche las ánimas, ni ninguna mujer a molestarme.

Al volver a sentarme en el sofá escuché como alguien gritaba claramente mi nombre fuera. Entonces desapareció el dolor de riñones acallado por unas tremendas taquicardias. Pum. Pum. Pum. Pum. Pum. Pum. La voz provenía del final del camino, adentrándose en el espesor del bosque. Sin detenerme ni siquiera a ponerme la chaqueta, salí de la casa tropezándome con todos los muebles y no pude evitar correr introduciéndome entre los árboles. En aquella parte del bosque los álamos se elevaban majestuosos iluminados por la luna llena pero seguían siendo asombrosamente negros. Estuve corriendo un buen rato sin cesar siguiendo la voz que clamaba mi nombre. No me resignaba a perderlo de nuevo. El corazón parecía salírseme del pecho y tuve que parar para retomar aire. Me agaché cogiéndome las rodillas con las manos intentando recuperar la respiración. Me encontraba en un lugar del bosque al que jamás había llegado. En medio de la oscura alameda había un claro con un sauce en el medio. El sauce era de un color blanco cegador y conservaba todas sus hojas a pesar de que el otoño se las había arrebatado a todos los demás árboles. Al incorporarme lo vi, estaba de pie bajo el árbol, impasible, como el primer día. Por fin lo había encontrado. Después de tanto tiempo la espera había merecido la pena.

Lo observe desde lejos con atención. Aunque había pasado mucho tiempo sabía que era él. Seguía pareciéndose a mí, pero se había convertido en un ser demoniaco. Tenía la figura de un esqueleto desenterrado de una tumba. Estaba excesivamente flaco y con lo que le quedaba de piel arrugada colgando sobre los huesos. Su tez era del color gris de la muerte, la boca grande y abierta como presa de un grito mudo incansable y los ojos casi hundidos en sus propias órbitas. Se acercó a mí lentamente, con sus ojos fijos en los míos como los tuvo una vez. Como entonces no pude parar de mirarlo mientras se acortaba la distancia entre nosotros. Cuando por fin llegó a mi lado observé el dolor en su rostro. El mismo dolor con el que yo había convivido tanto tiempo y comprendí que aquel había sido siempre mi destino. Con la lengua fuera, casi extenuado y a punto de desmayarse sacó fuerzas de algún rincón de su alma y comenzó a engullirme.

 

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Las sirenas

Es el día de Navidad pero a mí me importa un carajo. Me he despertado con una resaca descomunal y lo único que quiero es dedicarme a seguir bebiendo whisky, a fumar en mi pipa y, como mucho, a recrear imágenes con las formas del humo.

No pienso salir del salón en todo el día. He pasado la Nochebuena durmiendo en el sofá. Recuerdo haberme dormido con las luces navideñas parpadeándome en los ojos. Mis ojos, me escuecen mucho. En mi cabeza repiquetean cien martillos y una nube muy densa hace remolinos dentro de mi cerebro. No sé qué es lo que pasó la noche anterior pero tengo la extraña sensación de que no fue nada bueno.

La niebla de mi cabeza se va disipando y aparecen las imágenes lentamente, como las luces del día tras un túnel en un viaje de carretera. Me veo a mí mismo sentado en el sofá, encendiendo la pipa y comenzando a chupar con fuerza para que prenda bien. El sabor del tabaco inunda mi boca y el humo se introduce por todos los poros de mis pulmones cenicientos. Me levanto a apretar el interruptor de las luces de Navidad. Lleno el vaso con whisky. Ni me molesto en echarle hielos. Se me habían acabado por la tarde y no estaba de humor para salir a comprar. Además no quería verle la cara a esa estúpida mujer de la tienda. Siempre con esa mueca de asco que se le ponía cada vez que mi cuerpo atravesaba a duras penas la puerta del economato.

Las mujeres. Ellas son mi perdición. Ellas han sido siempre la causa de mis borracheras y la razón de que no quiera salir de casa nunca, ni siquiera en días tan señalados y festivos. A ellas las veo por todos lados. Cada vez que cierro los ojos están allí. Cada vez que parpadeo aparece alguna en los lugares más insospechados.

Recuerdo que en un momento dado había tres nadando en el fondo del vaso. Sus cuerpos blancos y sus cabellos dorados hacían brillar sus figuras en las líquidas ondas. A pesar de la tenue luz de la habitación se podían observar los rasgos de sus delicados rostros. Era un vaso lleno de lágrimas y ellas se morían de risa. Intentaban seducirme pero yo no les hacía caso. Tenía los oídos rebosantes de otras canciones. Entonces empezaron a ahogarse entre ellas. Hicieron algunos espasmos en un último intento de llamar mi atención y se quedaron allí inertes. Las sirenas no tienen alma, así que no me dio pena que murieran de esa manera. Ahora creo que por una parte me hubiera gustado ahogarme en el vaso con ellas. Total, mi alma tampoco me sirve para nada. No puedo verla. No puedo tocarla. No la conozco.

Seguí bebiendo whisky hasta acabar la botella. Joder, ahí estaban esas grietas de la pared. Salía humo de ellas, o quizá se filtraba la niebla desde la calle. Sabía que algo malo traerían esas grietas. Estoy casi seguro de que por allí había salido también el fantasma de Lorelei(1), aquel amor, la bailarina más famosa del barrio. Se movía muy bien. Era la mejor en lo suyo… y en otras tantas cosas. En Navidad ofrecía un espectáculo fuera de lo común en un local de la zona.

Su sombra aquella noche tenía los píes ensangrentados, el pelo revuelto y los ojos muy rojos. Como si una maldición la hubiera poseído y su perfecto vaivén le infligiera el más horrible dolor. A cada paso de baile mil cuchillos atravesaban sus pies. Ella sí que lloraba. Hacía juego con mi vaso. Después de un rato sin parar cayó de rodillas suplicándome que la sujetara, pero era tan hermosa su danza… En un arrebato supe que no quería que bailara para nadie que no fuera yo. La odié por hacerlo. Me quedé unos minutos más mirándola dar vueltas. Parecía que volaba. La intenté agarrar para hacerla mía…

Las luces navideñas continuaban con su infinita intermitencia aunque ya era muy de madrugada. Se me había olvidado apagarlas y ya no podía ni levantarme del sofá. Se me fueron cerrando los ojos poco a poco y me quedé dormido. Allí se acababan mis recuerdos.

Miro alrededor. Todo se ha vuelto de color negro: las paredes, el suelo, los techos y los muebles. El vaso no es ya un vaso sino una masa líquida, como un charco de lluvia aplastado contra el suelo del salón y la pipa no es una pipa sino la ceniza que siempre llevó dentro. Entonces lo veo, mi cuerpo calcinado descansa para siempre en el sofá. Junto a él está el de Lorelei con los pies cortados y la sonrisa que yo le pinté. Las sirenas siguen cantando en la calle.

 

 

(1) Sirena del Rhin

 

#cuentosdeNavidad @zendalibros

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La ropa (memorias)

Miro  la ropa que duerme sobre mi cama, somnolienta y perezosa. El suelo está lleno de papeles, de tazas de café a medio terminar, de recuerdos sin borrar… La habitación a media luz parece una pequeña caverna donde me escondo de todo lo que hay allí fuera, en la calle.

Me acerco a la ventana y la abro lentamente, la madera hace un ruido que solo percibo  yo. No creo que se despierten los vecinos. Las arañas corren hacia sus telas asustadas y se van a dormir con miedo. Apoyada en el alféizar observo la inmensa oscuridad del cielo de la noche de verano. Está bañado de millones de estrellas. Me estremece su silencio y su quietud. Me invade un escalofrío cuando una suave brisa acaricia mis mejillas.

Un ruido desde dentro de la estancia me despierta de mi conversación con los astros. Vuelvo la cabeza y veo el desorden de nuevo. Intento encontrar el origen de lo que me había obligado a apartar la vista del mundo exterior pero no consigo ver nada extraño.

Vuelvo a asomarme por la ventana y me invade algo parecido a la añoranza mezclada con una especie de felicidad. En la luz de una farola creo ver tu cara sonreír… o llorar. Una lágrima me devuelve a la realidad. Cierro con cuidado.

Comienzo a despertar a todas mis prendas:  camiseta roja de tirantes, pantalón vaquero y zapatillas deportivas. ¡Arriba! Consigo ponerme todo con desgana y recojo algunas cosas del suelo. Agarro mi sudadera y salgo al mundo.

Cuando atravieso la puerta las estrellas se disparan y me acompañan en el camino, viajo con ellas,vuelo, sin parar, floto… he llegado. ¿Por qué estoy aquí? Es el portal de tu casa, donde estalló nuestro primer beso, ese lugar de tantos recuerdos. Me veo en el cristal, algo brilla en mi cara, en mis ojos, en mis manos…

Me siento en el escalón a pensar. Pienso en ti. En que solamente estás cinco pisos por encima. En tu cuerpo dormido que esta noche no voy a despertar. Lo que quiero con esto es que me sientas más cerca. Yo no consigo  conciliar el sueño como las arañas, mi miedo es mayor que el suyo. Por eso he venido, para no estar tan sola.

No lloro, ni río, sólo pienso, bailo, sueño, canto, observo…

La oscuridad me arropa en la vuelta. Ahora ya no hay brillos, ni estrellas fugaces, se han quedado en tu portal. Ni ríen, ni lloran. A veces bailan si canto o incluso cantan cuando sueño. Y veo de nuevo tu cara en las farolas, ella sí ríe y llora, ojalá pudiera ver en su interior para saber qué siente, si es como las estrellas o como las arañas.

Entro en casa, mis zapatillas tienen tanto sueño que se quedan en el suelo echadas sobre la alfombra de la entrada. Me quito la camiseta roja y los vaqueros, están exhaustos, los cuelgo en su percha y se duermen otra vez. Las puertas del armario se cierran en silencio.

Me pongo el pijama. La cama está blanda, limpia, huele bien. Hundo la cara en la almohada y caigo entre las garras de un sueño de verano, con estrellas pero sin ti.

 

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El secreto de El Cairo @krakensysirenas

Atravesando las calles atestadas de gente me sentí más solo que nunca. No recordaba que andar entre esas multitudes fuera tan asfixiante, me sobrepasaban las emociones a cada paso. Me envolvían los olores que desprendían todos los alimentos del mercado, los colores se me metían por los ojos y llegaban a mi cerebro como un rayo, casi haciendo daño a mis neuronas.

Entorné los ojos que ya empezaban a picarme por el intenso sol del medio día. El Cairo no era una ciudad para gente de piel clara y ojos azules. Los nórdicos allí siempre habíamos sido unos bichos raros de mucho cuidado.

Por fin divisé el enorme y destartalado puesto de dátiles entre el gentío, sus cestas llenas a rebosar de pequeñas frutas arrugadas, el olor acre del polvo alrededor y las sombras oscuras que los cobijaban. Esta imagen me trasladó a aquella noche cuando los comimos juntos, muy despacio, dejando que el dulzor de la fruta invadiera nuestros paladares. Esa noche en la que brillaban en el firmamento las estrellas y los grillos querían formar parte de nuestra velada, celosos de lo que iba a suceder después. Aquella noche en la que ella me contó mil cuentos y se convirtió en una Sherezade moderna. Esa noche en la que su piel morena me reveló secretos que nunca iba a olvidar en todos los años de mi existencia.

Así había aterrizado la noche anterior, como hace tantos años, desorientado, tras un vuelo nocturno de doce horas. Había dormido casi todo el trayecto y soñado con ella, con su cara y su piel. Era lo único que quería hacer en el ocaso de mi vida, volver a verla, o volver a ver el lugar donde la conocí. Sabía que en mi estado era una locura hacer un viaje tan largo pero algo dentro de mí me decía que no podía dejar este mundo sin disfrutar de un último anochecer en la capital de Egipto.

Llegué al puesto de dátiles a duras penas, sofocado por el calor y el gentío. Una hermosa mujer cubierta por un colorido hiyab me ofreció asiento y algo de agua. La observe sin miedo. Sus ojos eran claros y las dos llamas que bailaban en su interior se encendieron aun más al verme. Yo me sonrojé, miré hacia abajo examinando mis manos arrugadas como dátiles que descansaban apacibles sobre mi regazo. Entonces no aguanté más, me derrumbé, los ojos se me llenaron de lágrimas y no conseguí articular palabra. La muchacha vino corriendo en mi ayuda, se agachó lentamente para quedarse a mi altura y me dijo al oído susurrando – Antes de dejarnos ella dijo que vendrías a verme. – Me ayudó a levantarme y de su brazo me condujo al interior de la tienda donde me acosté en el mismo lecho en el que había descubierto una noche, hace muchos años, los secretos de El Cairo.

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Escrito para el reto “improvisando letras” de http://dekrakensysirenas.com/