Demasiado tarde

Demasiado tarde.

Los hombres ya no son guerreros.

Ahora solo las mujeres llevan las armas,

y las corazas

y el corazón.

Pero pocos vientres albergan sabios.

Y a los que se hacen no se les deja ver,

ni oir,

ni tocar.

Ya no se lucha por ideales sino por delirios.

A veces los llaman de grandeza.

Se ha perdido lo importante bajo la sombra de mil mentiras.

Y lloramos por dentro más que nunca.

Inventando vidas alegres entre canciones y bailes tristes.

Disfrazamos las frustraciones con sonrisas fingidas

y damos de comer a escondidas a la angustia.

Somos justo lo que no queremos ser.

Cobardes para amar,

para sufrir,

para vivir.

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Palabras

Las palabras que se dicen tienen valor pero las que no, las que encerramos en los armarios del alma, las que no dejamos salir bajo ninguna circunstancia, esas, son las que realmente importan.

Aquellas a las que llamamos “silencios”, que viven abrazadas a los miedos, bailan con los fantasmas y les gusta llevar atadas las manos y los pies con sus cadenas. También se regocijan en la oscuridad de los sueños, viven en paz con las sombras y nunca jamás se relacionan con el verbo arriesgar.

Son las palabras que hacen que llueva por dentro y tengamos que sacar los paraguas del tiempo, que nos aferran al presente. Resbalan por la piel y hacen cosquillas en el corazón. Algunas se gestan en la mente y luego vagabundean por nuestras entrañas. A veces piden clemencia y no saben si quedarse quietas o seguir corriendo en dirección contraria a la razón. Otras aterrizan en los labios o en la punta de la lengua pero se quedan allí para siempre. Generalmente saben de amor pero no quieren querer, saben de perdón pero no quieren perdonar, saben de dolor pero ya casi nada les duele. Subsisten en un constante “horror vacui” y suspiran, pero no hablan.

Si se decidieran a salir cambiarían vidas enteras, pero suelen ser cobardes, no les gustan las metamorfosis, la fugacidad, ni el continuo fluir de la vida . Así que permanecen en el suelo, construyendo su propia prisión hasta que se quedan sin fuerzas y acaban olvidadas en un rincón de nuestro subconsciente, donde se acostumbran a morir de frío.

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