#34

El poeta ciego me pregunta cómo soy. Descubro con sorpresa que no sé qué palabras utilizar para describirme. Para ello debo desdoblarme, verme desde fuera. Ponerme en la piel de alguno de mis amantes cuando me dicen: “Eres preciosa. Tienes una buena figura, un buen trasero (aunque quizá estás algo más flaca de lo que deberías). Tus ojos  cambian de color cuando llueve. Tu piel es suave, salpicada de pecas y tan blanca que se  puede ver cómo la surcan interminables ríos azules. Y aun es mejor cuando se sonroja llena de excitación entre las sábanas. Tu pelo es del color de las barandillas que cuidan del mar, del metal besado por las olas. Tus labios son finos y rosados, cuando utilizas carmín se vuelven sensuales como frutas…”

A veces me da miedo verme desnuda ante el espejo. Creo que porque al fin y al cabo es el que mejor sabe describirme.

—Perdóname— le digo —no sé si me he basado en un juicio fiable—.

Casi todos los hombres cuando ven a una mujer desnuda pierden el criterio. Sin embargo este no puede verme, así que lo único que le queda es la fe.

Después de todo esa noche tampoco se atrevió a tocarme.