#3

“La felicidad es la necesidad de repetir”

(M. Kundera)

A partir de entonces Tomás y yo empezamos a vernos casi todas las noches en el bar. Sobre todo las noches en las que no paraba de llover. La excusa era no estar solos en el momento de tomar la última copa y fumar el último cigarrillo. -Alquitrán y gasolina en compañía. No hay nada mejor para quemar las penas- solía decir riendo.

Las noches que llovía eran mucho más solitarias. En casa había un ruido constante contra las ventanas que lograba adormecer los sentidos. El agua por fuera purifica y limpia las calles, pero por dentro empapa las almas de los que somos propicios a recostarnos con la melancolía.

Una de las primeras veces que hablamos, Tomás me confesó que a pesar de haber frecuentado otras camas, moriría enamorado de Teresa. Que alguna vez, se le había pasado el vértigo entre copa y copa, pero después siempre volvía la náusea, las ganas de echarlo todo, de caer al vacío y desaparecer. A fuerza de acurrucarse en camas ajenas soñaba que era inmortal y que después de haber sufrido lo suficiente en el pasado, ya nunca se acabarían los momentos felices.

Estaba tan equivocado… Al final descubrimos que el amor y la vida no eran solamente un poema de Sabines o una película de Won Kar-wai. La vida era también algo así como un continuo golpe tras golpe y volverse a levantar. Y el amor un tango de Carlos Gardel en un bar de mala muerte en Buenos Aires.

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Tanka X

Necia soledad,

preciosa está la noche.

¿Ves la tristeza?

Es quizás la evocación

de lo que no pudo ser.

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#5

“¿Es esta una vida posible?

Quizá, quizá sea posible,

pero es preciso que tú reflexiones sobre ello

hasta la última sombra de una duda”

(F. Kafka)

 

Gregor era checo. Decía que amaba Praga pero que no cambiaría su vida de ahora por aquello. A los catorce años había intentado regentar el negocio textil de su familia sin demasiado éxito. Cuando era pequeño tocaba el violín. Era un hombre serio, aunque según contaba menos de lo que fue su padre. Un empresario estricto que no les dejaba un ápice de libertad a sus hijos. Gregor había desarrollado a causa de esto un temperamento firme pero a veces melancólico. Casi siempre estaba solo en una esquina, saboreando despacio un licor de hierbas. El sabor amargo le recordaba a su patria. Raras veces participaba en un debate con las demás personas que se encontraban bebiendo a su alrededor, pero cuando lo hacía jamás perdía el control, ni se inmutaba cuando alguien pensaba diferente. Era alto y espigado, la nariz demasiado en punta y el pelo demasiado corto, generalmente cubierto por un sombrero que le daba un aire todavía más reservado. Tenía los ojos nublados, de un gris que era casi blanco. Me gustaba pensar que antes de nacer, durante el tiempo que estuvo flotando en el seno materno, Dios se los había extirpado directamente del alma y colocado en el interior de las minúsculas cuencas.

Salíamos del bar no demasiado tarde e íbamos a la habitación de aquella pensión desahuciada, en la que se alojaba desde que llegó a la ciudad. La estancia estaba impregnada de mugre sentimental, de asquerosa indiferencia, de ignoto afecto. Casi todo el tiempo se escuchaba gente gritando en las habitaciones contiguas. El papel de las paredes, que alguna vez fue beige, se había desconchado por la parte de arriba y los lamparones de humedad otorgaban a la estancia un halo de tristeza insalvable. Daba la sensación de que allí se habían derramado muchas lágrimas a lo largo del tiempo y estas se habían poco a poco adherido a la pared. En el baño la taza tenía mil marcas redondas y anaranjadas, de algún cigarrillo que no encontró otro lugar mejor donde acabar con su vida. Y en las cortinas de la ducha se esbozaban pequeñas pero cuantiosas manchas de moho.

Gregor había tomado como costumbre quitarme la ropa nada más entrar. Le gustaba contemplarme desnuda mientras recogía los trastos o fregaba los cubiertos que había dejado en la pila amontonados la noche anterior. Después siempre se metía en la ducha solo. Tardaba al menos una hora en asearse. El vapor se deslizaba por debajo de la puerta e inundaba el apartamento de un fuerte olor a nostalgia. Yo esperaba encima de la cama leyendo alguna de las revistas de viajes por Europa que tenía desperdigadas por toda la habitación: Madrid, Viena, Luxemburgo… Quizá ni siquiera fueran suyas y ya estaban allí antes de que él llegara. Todos los objetos que poblaban las pensiones me dejaban una sensación de vacío, de desarraigo e impertinencia… una especie de insatisfacción que se adhiere al corazón y lo deja chorreando como una esponja.

Al salir de la ducha con su corto pelo mojado, su cara había cambiado, tenía una expresión casi cruel, las mejillas le ardían por el exceso de agua caliente y los ojos parecían aun más grises que antes, como si fueran dos lagos enormes en los que se le hubieran hundido las negras pupilas. Sufría una especie de transformación y repentinamente era como un animal. Agarraba mi cuerpo violentamente con sus brazos, me hacía salvajemente el amor y luego se quedaba dormido. Yo me deslizaba a través de las sábanas, con mucho cuidado para que no se despertase. Me vestía de nuevo y camino a casa, me debatía entre querer verle de nuevo o no volver a verle nunca más.

 

 

#6

“Yo, en fin, soy ese espíritu,

desconocida esencia,

perfume misterioso,

de que es vaso el poeta”

(G.A. Bécquer)

*

Cuando volvía sola a casa, después de estar bebiendo hasta las tantas en el bar, a pocos pasos de mí venía casi siempre el poeta. Alguna vez me llegó a recoger del suelo en medio de la calle, donde me había sentado con la mirada perdida sin querer moverme. Me llevaba en volandas hasta el apartamento y me echaba con mucho cuidado en la cama. Nunca hacíamos el amor, pero me leía hasta que me quedaba dormida. Olía a pasado. Tenía el pelo oscuro y los ojos brillantes, inundados de algún naufragio. Se me enredaban los dedos en sus rizos cuando los acariciaba, mientras él recitaba poemas. Su voz podía traspasar mi piel y coser mis heridas por dentro. No se marchaba hasta tener la certeza de haberme dejado con una sensación de paz infinita.

*