Bucles

No puedo desprenderme de mí:

de mi cuerpo y sus hilos,

de mi mente y sus líos…

Sigo atrapada

en el transcurso de esta vida.

En sus muchas vueltas se me hacen nudos

y no consigo salir del laberinto de mis miedos.

Estoy bocabajo,

miro atrás.

Todo es de colores.

Todo está muerto.

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Algún día

Algún día

volveré a ser la niña

que se balancea

sobre el hilo rojo,

con el vestido azul

lleno de nubes

y en la cabeza

dos trenzas al viento

y mil pájaros.

Y volaré de nuevo,

sin miedo a caer

al fondo de mis abismos.

El retorno universal

Comienza de nuevo mi viaje,

vuelvo a estar lejos de casa.

Me perdí en las palabras que dejaron de nombrarme,

que no me nombrarán más, porque ya no soy

y se diluye una sombra cada noche en mi mente

que hila y deshila la esperanza de hallarme allí.

Ya no es mi nombre mi nombre.

Soy todo y soy nada

en la esquina de este sótano negro y angosto:

un solo destello y las mil y una imágenes

de Beatriz, de Helena, de Sarah,

de María, de Eva, de Lilith, de la Maga…

Seguía viéndome brillar en un rincón:

había un pájaro, una esfera, un ángel, la muerte,

el laberinto, el número tres, tu cara…

Quería haber ido más allá,

donde los vientos mecen los campos de lavanda

y los campesinos cantan bajo el sol,

comen pan blanco mojado en leche por las mañanas

y vino y queso a la luz de un candil,

allí donde sobre las mesas de madera

carcomidas por los duelos

se esparcen las migas como las estrellas cuando mueren.

Pero antes de llegar cambió el viento

soplaba aire de volver, de irse,

de quedarse atada a un mástil con los ojos abiertos,

obligándome a resistir la tentación

de los monstruos con caras de ángel.

No me fío más de las falsas sirenas

que vienen a cantarme sus dudas,

ahora les digo que soy nadie para escapar de mis miedos.

Salgo corriendo entre las flores

para aliviar las llagas de mis pies

que trataron de escapar de las cuerdas que me ataron al mástil.

Porque antes de tocar la tierra estuve en el infierno

y allí vi lo efímero,

la serenidad de los rostros perdida,

las historias que se contarán sobre mí,

el paisaje yermo donde una vez hubo selva

y la nimiedad de lo que parecía importante.

En este mundo contemplo el horizonte y el crepúsculo.

Siento como se me hunden los pies en la arena.

Y desde lo alto de las montañas veo los actos de los hombres.

Pero tengo que aceptar que el insomnio es normal,

que el dolor es normal si el sendero es pedregoso.

“Abrázate” me digo.

Hace frío y es duro el retorno.

En el desierto cóncavo  y amarillento del alma

solo queda caminar.

¡Ya me voy! ¡ya llego!

¡Ítaca querida!

¿Estás ahí? ¿Aún eres la misma?