El espíritu de la Navidad

Como todos los años, el día de Nochebuena, Papá nos coge de la mano a mi hermana y a mí y nos lleva de paseo por las calles de la ciudad. Caminamos despacio por las largas avenidas, sin soltarnos ni un segundo, los tres juntos, pasito a pasito.

Su mano me transmite un calor diferente al que siento cuando me agarra  el resto del año. Es como si entre los tres creásemos una especie de energía que nos protege de todo: hasta del frío y de los pies mojados los días que nieva y no llevamos puestas las botas de goma.

A lo mejor tiene algo que ver con la fuerza que se concentra  por todo en esta época. Hay fuerza en cada rincón: en las imágenes de los anuncios de la tele, en las luces que adornan toda la ciudad, en las canciones que cantamos todos los niños en los colegios y hasta en las sonrisas de las personas que te cruzas por la calle.

Papá llama a esa fuerza el “Espíritu de la Navidad”dice que a nosotros los niños nos invade completamente y nos traslada a un mundo mágico. También dice que los adultos van perdiendo esa capacidad de viajar conforme van creciendo. Las luces no les iluminan como a nosotros, no se sienten tan ligeros y esa fuerza es más aplastante realidad que magia.

Por eso yo no quiero crecer nunca.

Pero irremediablemente año a año nos hacemos mayores y el tiempo pasa cada vez más deprisa: pasan las comidas y cenas familiares, pasa la Nochevieja, llega el año nuevo, pasan los Reyes Magos de Oriente… y al poco aparece la primavera con las flores, el verano con la playa, en el otoño se vuelven a caer todas las hojas y de pronto de nuevo ya es Navidad.

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¡FELICES FIESTAS A TODOS!

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