El monstruo

“Era la puerta que el hombre se cierra a sí mismo

ante la contemplación del espectáculo humano,

quedando atrapado dentro de su angustia y soledad”.

  

“El sueño de la razón produce monstruos” (Goya)

 

 

Tenía el presentimiento de que aquel día tampoco iba a venir. Aun era temprano pero ya empezaba a oscurecer. Veía a duras penas el final del camino desde la ventana de la vieja casa. El cielo se iba apagando poco a poco como una vela que se consume en una iglesia. La verdad que el bosque tenía un encanto especial en aquella época, cubierto por una alfombra infinita de diferentes tonalidades de ocre. Caía la penumbra sobre las hojas esparcidas por el suelo, inundando con destreza cada rincón, deslizándose entre los álamos como un río silencioso que se sale de su cauce. Bajaba también a esas horas la niebla desde las montañas para aposentarse en el jardín. Una año más el otoño había entrado en mi vida sin previo aviso. Quizá ya nunca se marchara.

Salí al porche, la madera del suelo crujía bajo mis pies cada vez que la pisaba como quejándose por un dolor agudo en los riñones, recordándome el que me asediaba a mí de vez en cuando. Prendí el viejo candil que colgaba cerca de la puerta y me senté en el sillón de mimbre a esperarlo como cada anochecer. Curiosamente no me cansaba de esperar y esperar. Y así habían transcurrido las horas de mi vida. No sé cuánto tiempo permanecía allí absorto, mirando fijamente el camino que se perdía entre los árboles, por donde había desaparecido cada cosa que había querido retener.

Soplaba ya el viento del norte que me obligó a abrocharme el último botón de mi chaqueta. Era el momento de volver a dentro y pasar el tiempo junto a mis relatos. Había algunas épocas mejores que otras. Esta era una de las malas. No había logrado escribir nada decente y llevaba ya varias noches sin dormir en condiciones. Si el sueño me vencía al poco me despertaba con unas taquicardias insoportables. Entonces para tranquilizarme trataba de controlar yo mismo mis pulsaciones. Colocaba los dedos índice y corazón sobre mi yugular y notaba pasar la sangre cada vez más despacio pum, pum; pum, pum; pum… pum…

De alguna manera en otoño siempre tenía la seguridad de que iba a volver. En esa época del año se cerraba el círculo, se recogían las cosechas y los árboles perdían sus vestidos de gala. A esas alturas ya no esperaba que tuviera el mismo aspecto que cuando lo vi por primera vez aquella tarde de abril. Esa vez yo estaba sentado en el porche, intentando como de costumbre escribir una buena historia. El sol y los pájaros habían salido para recordarme que la naturaleza empezaba su vida. De repente escuché algo aproximarse desde el bosque. Cuando levanté la vista del papel él ya estaba allí, plantado frente a mí como por arte de magia.

Se oía tocar un piano a lo lejos en el pueblo. La melodía era triste. El aire traía el sonido hasta donde nos encontrábamos. En algún lugar no muy lejano alguien seguía creyendo en el arte. Observé un tiempo como permanecía allí impasible. Nos estuvimos mirando sin decir nada hasta que cuando por fin me decidí a hablar no pude. Entonces fui consciente: Se parecía tanto a mí… sus ojos eran jóvenes y con ganas de vivir, su boca dueña de una sonrisa llena de entusiasmo, las manos blancas y llenas de luz, la mente segura y rebosante de ideas… Me miraba fijamente y yo me iba hundiendo en sus ojos como en un pozo sin fondo. Me había cautivado por completo. No entendía en absoluto cómo pero lo había hecho. Y yo por desgracia no conseguía hablar ni moverme un centímetro. Quería acercarme a él pero había enmudecido y lo único en lo que podía pensar era que quería tenerlo a mi lado para siempre. Entonces, con una crueldad que me desgarró el alma se dio media vuelta. Me dio la espalda y comenzó a andar. Y yo tuve que quedarme mirando como se alejaba sin poder mover un músculo pero rompiéndome por dentro. Y se fue, caminando lentamente por el sendero hasta desaparecer en la espesura del bosque. En aquel momento supe que lo amaría por siempre y que dedicaría mi vida a esperar que volviera para quedarse conmigo.

Desde ese momento cada noche pasaban cosas extrañas alrededor de la casa. Fue entonces también cuando comencé a beber y a buscar la inspiración a altas horas. El único momento en el que conseguía acallar a mis fantasmas era cuando aparecían los de los demás. Solía intentar escribir o dormir. El sueño y, cuando este no venía, la literatura eran los que me permitían escapar de la realidad, de mí mismo y de mis tormentos. Quería huir y dejar de esperar, pero no podía. A menudo me sentía como aquella paloma que siempre estaba encaramada en el lado oeste de la casa. Pobre pajarillo inmundo, tenía una sola pata rosácea con la que se aferraba a las tablas del tejado como yo lo hacía a la vida, con la diferencia de que ella, si quería, podía volar y yo me encontraba encadenado al suelo.

La oscuridad era ya total. Saqué el whisky del armario y me serví una copa. Necesitaba un poco de alcohol para pasar otra noche más intentando escribir. Arreciaba el viento conforme pasaban las horas. Silbaba ruidoso entre los árboles llegando hasta mis oídos a través de las grietas de la pared. No se me ocurría nada para continuar mi relato.

Por la ventana parecía que la nada invadía todo a mi alrededor. Apuré la bebida y me serví una segunda copa. Dieron las doce en el reloj. Con la última campanada aparecieron ellas, como tantas otras noches. Las ánimas. Almas vagabundas que se dejaban llevar por el viento. Esa noche estaban coléricas, danzando como bacantes enfurecidas en medio de una fiesta. Deambulaban de un lado para otro como queriendo encontrar algo que habían perdido. Nunca se atrevían a acercarse al camino. Se mantenían a una distancia prudencial de la casa desarrollando su danza infernal. Yo sabía que estaban llenas de miedos como yo. Gracias a ellas había aprendido que el miedo era el único sentimiento que no desaparecía ni siquiera tras la muerte. Era algo inherente al espíritu y el cuerpo no tenía nada que ver. A algunas de estas almas se les había concedido el privilegio de gritar y se oían sus lamentos por todo el bosque, unidos a los del viento, como aullidos de un lobo agonizante. Otras se habían quedado eternamente mudas ante una realidad que no esperaban. Quizá durante su vida tampoco habían tenido nada que decir. Su imagen era aun más grotesca que la de sus compañeras, danzando con los ojos perdidos y la boca cerrada. Seguramente lloraban en silencio y eso era mucho peor, porque el dolor que no sale de nosotros se queda dentro y nos pudre el corazón.

Un rayo irrumpió violento reventando no muy lejos de la casa, justo en el medio de la danza de las almas en pena y las hizo desaparecer. Empezó a llover con fuerza. Las gotas repiqueteaban en el alfeizar de las ventanas con su incansable toc-toc. La nada con sus ánimas había sido sustituida por el estruendo y la vitalidad de la tormenta. Sin embargo los truenos traían malos presagios para aquella noche, finalmente ni podría dormir, ni podría seguir escribiendo. Volví a llenar mi vaso una tercera vez.

A la mañana siguiente, después de la tormenta, el sol luchaba por salir entre las pocas nubes rezagadas. Otro día más de espera. Tenía un insoportable dolor de cabeza por la falta de sueño y la abundancia de alcohol. Ojalá acabase pronto con mi relato o mi vida. Había terminado con el whisky pero tenía suministros suficientes para aguantar muchas más noches en vela. Esa tocaría acabar con una botella de vino francés que me había regalado no sé quien. Ya no me acordaba de la gente ni de sus buenas acciones. Mi cerebro se había ido apagando, solo recordaba algunas pocas cosas y personas que habían pasado por mi vida. Lo único importante era que esa botella estaba allí en mi armario y me iba a ayudar a mantenerme despierto una noche más. Pasé el resto del día dormitando en el viejo sofá del porche y observando los árboles mecerse con la brisa. Esperando como siempre a que pasara algo interesante.

Llegó la noche de nuevo. Encendí el fuego de la chimenea del salón y me instalé bien erguido en mi mesa dispuesto a escribir, rodeado de hojas, un bolígrafo y la indispensable copa de vino francés. Por fin pude arrancarme con unas líneas y continuar con mi historia.

Mientras mi bolígrafo recorría el papel se formó con nitidez en mi mente la imagen de una mujer. La había conocido por casualidad esa vez que fui al pueblo vecino para comprar algo de comer. Al entrar en la tienda ella estaba detrás del mostrador con una amplia sonrisa. –¿En qué le puedo ayudar?- Había dicho. Yo me quedé anonadado mirando su boca pronunciar cada palabra. Su presencia detrás de aquel mostrador me pareció un milagro. A partir de entonces frecuenté la tienda de alimentación todas las semanas. Ella apareció en mi vida como por algún truco del azar, como por arte de magia, como él. Sin embargo con ella si pude articular palabras. ¡Cuántas y qué fructíferas! Con ella pude compartir todos mis miedos y mis inquietudes más profundas. Fue una de esas personas que te abren en canal el alma, una de las que nunca se olvidan. Aquella mujer me lo había dado todo y yo la había perdido por pura insensatez. Por pensar que algo mejor vendría o que él iba a volver y nadie podría estar ocupando su lugar. El dolor de su partida volvió a azotar mi corazón como lo había hecho antaño. Me agarré el pecho pensando que lo iba a perder, porque latía fuerte pero muy despacio, tan despacio que no lo sentía dentro de mí. PUM… PUM… PUM… PUM…

Escuchaba el silbido del viento que volvía a enfurecerse fuera. El sonido del mismo entre las hojas de los árboles me traía recuerdos del mar, de aquellas tardes de julio que pasé con ella enterrando los pies en la arena, mirando la inmensidad del mundo, sintiendo a cada segundo de nuestra insignificante existencia. ¡Qué grande era el mar y que pequeños nosotros, qué infinito el tiempo y qué breve la vida! Entrelazábamos nuestras manos y ese tiempo cambiaba su forma y su significado. Pasaban rápido las horas, el sol se escondía y la noche se nos echaba encima sin darnos cuenta. Volvíamos a casa ya de noche por los caminos, riendo sin parar, como ebrios por la luz sol y el calor del verano. Recordé sus manos en mi espalda cuando hacíamos el amor. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, subiendo desde la punta de los pies hasta la frente.

Y así pasaron los años, día a día, hora ahora, minuto a minuto. Pero todo en esta vida tiene fecha de caducidad. Ella había intentado salvarme con sus abrazos, pero la atracción del abismo había sido mucho mayor. Esa atracción que me repetía día a día que nadie podía estar en su lugar cuando volviera. Yo desde siempre había elegido el camino de la espera. De la espera por algo que ni siquiera sabía si algún día regresaría. Ella se cansó de esperar y un día se marchó caminando lentamente por el sendero del bosque sin mirar atrás. Sin embargo su imagen me seguía atormentando algunas noches, apareciendo para recordarme lo solo que estaba. Y aquella noche lo hizo más que nunca.

Dieron las doce mientras el viento norte bramaba sobre las copas de los árboles. Casi ya era un huracán queriendo partir sus robustas ramas. Desde hacía un rato me habían empezado a doler los riñones. Se acababa entonces el estar sentado escribiendo. Arrastraba esta enfermedad desde hacía dos años pero me negaba a dejar de beber. Como siempre había dicho mi padre de algo había que morir y yo esperaba que fuera pronto. Estaba desesperado porque veía que mi vida había pasado en vano. Intenté conciliar el sueño para olvidar mis desgracias.

La noche siguiente fue la más espantosa. Me había despertado mucho peor que el día anterior. A lo largo del día los riñones no me habían dado tregua y empecé a orinar sangre. Me atiborré de pastillas pese a saber que las medicinas ya no me quitaban el dolor, mi cuerpo las había asimilado a lo largo de los dos años y no tenían ningún efecto. Al anochecer me retorcía en el sillón observando las pocas líneas que había conseguido escribir la otra noche. Empecé por intentar relajarme y respirar hondo. Era lo que recomendaban los médicos en los momentos de dolor agudo.

No había un solo ruido en el bosque, no había aire, ni lluvia, ni se oía absolutamente nada. Resultaba irónico que la noche más apacible de ese otoño fuera la más angustiosa que había pasado con mi enfermedad. Parecía que junto a las respiraciones profundas el dolor remitía poco a poco. Entonces oí unos pasos en el porche, la madera crujía bajo las pisadas de alguien. ¿Sería él? No dude un segundo y agarrándome la parte baja de la espalda conseguí levantar mi cuerpo del sillón y fui andando a duras penas hasta abrir la puerta. Miré en todas direcciones pero allí no había nadie. Solo oscuridad. No habían venido esa noche las ánimas, ni ninguna mujer a molestarme.

Al volver a sentarme en el sofá escuché como alguien gritaba claramente mi nombre fuera. Entonces desapareció el dolor de riñones acallado por unas tremendas taquicardias. Pum. Pum. Pum. Pum. Pum. Pum. La voz provenía del final del camino, adentrándose en el espesor del bosque. Sin detenerme ni siquiera a ponerme la chaqueta, salí de la casa tropezándome con todos los muebles y no pude evitar correr introduciéndome entre los árboles. En aquella parte del bosque los álamos se elevaban majestuosos iluminados por la luna llena pero seguían siendo asombrosamente negros. Estuve corriendo un buen rato sin cesar siguiendo la voz que clamaba mi nombre. No me resignaba a perderlo de nuevo. El corazón parecía salírseme del pecho y tuve que parar para retomar aire. Me agaché cogiéndome las rodillas con las manos intentando recuperar la respiración. Me encontraba en un lugar del bosque al que jamás había llegado. En medio de la oscura alameda había un claro con un sauce en el medio. El sauce era de un color blanco cegador y conservaba todas sus hojas a pesar de que el otoño se las había arrebatado a todos los demás árboles. Al incorporarme lo vi, estaba de pie bajo el árbol, impasible, como el primer día. Por fin lo había encontrado. Después de tanto tiempo la espera había merecido la pena.

Lo observe desde lejos con atención. Aunque había pasado mucho tiempo sabía que era él. Seguía pareciéndose a mí, pero se había convertido en un ser demoniaco. Tenía la figura de un esqueleto desenterrado de una tumba. Estaba excesivamente flaco y con lo que le quedaba de piel arrugada colgando sobre los huesos. Su tez era del color gris de la muerte, la boca grande y abierta como presa de un grito mudo incansable y los ojos casi hundidos en sus propias órbitas. Se acercó a mí lentamente, con sus ojos fijos en los míos como los tuvo una vez. Como entonces no pude parar de mirarlo mientras se acortaba la distancia entre nosotros. Cuando por fin llegó a mi lado observé el dolor en su rostro. El mismo dolor con el que yo había convivido tanto tiempo y comprendí que aquel había sido siempre mi destino. Con la lengua fuera, casi extenuado y a punto de desmayarse sacó fuerzas de algún rincón de su alma y comenzó a engullirme.

 

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