El mar de intenso oleaje que me habita

Hoy he soñado con el mar de intenso oleaje que me habita. Me he sumergido en sus aguas heladas y he buceado hasta divisar el fondo. Allí todo parecía estar en calma, no había olas ni rumor alguno. En la penumbra he distinguido mi propio cuerpo yaciente, medio enterrado en la arena junto a un barco hundido, del que multitud de peces habían hecho su hogar. Los peces como luciérnagas tornasoladas iluminaban el fondo añil del océano. Nadaban ansiosos entre los huecos de la madera podrida del casco y la resbaladiza cubierta que ahora era un bosque de algas. Mi cuerpo les servía de alimento. Con sus pequeñas bocas redondeadas succionaban poco a poco los pedacitos que se desprendían de mi piel ya blanda por el agua y la sal. He nadado aproximándome hacia mi cuerpo tendido en el lecho marino. Al observarlo de cerca mi nariz ha chocado con su nariz y ambas hemos abierto los ojos.

Carbon reservoirs in the ocean floor may have ended the last ice age – and could bubble up again

Fragmento de diario

Comienzo a escribir este texto entre lágrimas.

Hace poco comprendí que llorar es un arte, que conmoverse es un arte y que, por suerte y no por desgracia, ese es uno de mis dones.

Siempre pensé que sentir de más era una maldición. Entonces hablé con O. y ella me dijo que en esa catarsis propia y violenta era donde residía mi verdadero poder.

Son las lágrimas las que me han traído hasta aquí. Es mi corazón abierto el que me ayuda a conocerme mejor. He llegado hasta este lugar arrastrada por las corrientes salvajes, desde el vacío y los latidos “I know how furiously your heart is beating”, desde la búsqueda de las partes de mí que entregué a otros.

Me han traído hasta aquí los torrentes de palabras que llenan desde hace años cuadernos, documentos de word, notas en mi teléfono móvil…

Con las palabras me araño por dentro y llego casi a diario a tocar mis entrañas.

Aún tengo miedo de alcanzar mi oscuridad más profunda porque sé que en ese lugar estaré sola conmigo y allí no será suficiente el lenguaje.

A pesar de todo seguiré escribiendo, nadando en este río de emociones, porque para mí esa es la única manera de permanecer a flote.

En sus aguas seguiré buscando mi verdad y mi esencia, y poco a poco llegaré a la fuente, a la fórmula para abrazarme cuando siento que soy poco más que un hueco.

Desvelo

Me desvelo a las 2:54 y no puedo dormir, así que me levanto y me preparo una infusión relajante. Un pájaro emite una especie de gorgeo insectil en el patio de atrás. A esta hora la noche habla mil idiomas. Me he despertado con las piernas y la mandíbula agarrotadas, con la sensación de ser un animal con las patas atrapadas dentro de un cepo. Me sucede a menudo. El primer instinto es apretar y soltar los músculos repetidas veces… pero no funciona y la vorágine comienza. Me posee una rabia de años y tengo que levantarme a distraer a mis fantasmas. Soy muy poco hábil a la hora de zafarme de ellos. El pájaro cesa su canto. Me asomo a la ventana y el mundo está detenido. Se ha congelado el tiempo en mitad de la vida. Siento las mandíbulas estáticas, las piernas y los brazos tiesos, las vísceras presas y llenas de hiel… El pájaro vuelve a gorjear tímidamente y otro le contesta con un canto melodioso. Ofrecen un precioso concierto nocturno para nadie. Me pregunto qué estarán diciendo o si su decir no es decir sino una simple belleza sin nombre. Yo olvido el mío en cada desvelo.

 

#8 Julio

Aquella noche había un reloj que marcaba la hora de olvidarse del tiempo.

Aquella noche, ¿te acuerdas? Llovía a mares y nuestras bocas se ahogaban y se llenaban de peces.

Aquella noche los demás se montaban películas o cantaban canciones de amor.

Nosotros creíamos estar solos en medio de la multitud y jugábamos al cíclope.

Aquella noche el reloj seguía sin saber nada del tiempo.

Si cerraba los ojos, al abrirlos todo había vuelto a comenzar.

Y no intenté comprender esa suerte de no parar de reírnos y de sentirte temblar junto a mí.

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Fotografia: Louise Butterworth

#34

El poeta ciego me pregunta cómo soy. Descubro con sorpresa que no sé qué palabras utilizar para describirme. Para ello debo desdoblarme, verme desde fuera. Ponerme en la piel de alguno de mis amantes cuando me dicen: “Eres preciosa. Tienes una buena figura, un buen trasero (aunque quizá estás algo más flaca de lo que deberías). Tus ojos  cambian de color cuando llueve. Tu piel es suave, salpicada de pecas y tan blanca que se  puede ver cómo la surcan interminables ríos azules. Y aun es mejor cuando se sonroja llena de excitación entre las sábanas. Tu pelo es del color de las barandillas que cuidan del mar, del metal besado por las olas. Tus labios son finos y rosados, cuando utilizas carmín se vuelven sensuales como frutas…”

A veces me da miedo verme desnuda ante el espejo. Creo que porque al fin y al cabo es el que mejor sabe describirme.

—Perdóname— le digo —no sé si me he basado en un juicio fiable—.

Casi todos los hombres cuando ven a una mujer desnuda pierden el criterio. Sin embargo este no puede verme, así que lo único que le queda es la fe.

Después de todo esa noche tampoco se atrevió a tocarme.

#206

Cierro la puerta de la habitación. Es la misma que la última vez que estuve en este hotel. Con la luz de emergencia parpadeando y las polillas muertas en la lámpara del techo. Voy demasiado borracha, bastante más que la noche en la que él acariciaba mis caderas huesudas con sus manos y me ponía la piel de gallina. Me dejo caer sobre la cama. Al cerrar los ojos veo chispas de colores. Son muy bonitas. Me gustaría quedarme mirándolas para siempre, pero abro los ojos y todo me da vueltas. Él ya no está.

Me deshago de las zapatillas y los vaqueros haciendo fuerza con los pies, deslizando la tela por mis piernas poco a poco hasta sacarlos de mi cuerpo. Es la manera mas difícil pero no tengo fuerzas para incorporarme y hacerlo con las manos. La ventana está abierta y se cuela el viento cálido de la noche de verano. Se mecen las cortinas. Malditos fantasmas. Me quito la camiseta y me quedo en sujetador y tanga. Nunca había llevado tanga hasta entonces. Creo que ahora solo lo llevo para sentirme aun más lejos de quien era cuando estaba con él.

Todo se mueve más deprisa. Tintinea una campanilla a lo lejos. Huele a incienso y suena un réquiem de sueños tristes. Pero no me puedo dormir… Es como si en algún rincón de ese cuarto se estuviera celebrando una misa de difuntos, una ceremonia lúgubre.

—¡Vámonos de aquí!—grito, pero nadie contesta.

Recuerdo aquella vez, cuando tuve que marcharme del trabajo porque me dolían los riñones. Al llegar al hotel necesitaba un baño caliente. Él se metió conmigo en la bañera. Era la primera vez que estábamos desnudos, juntos en el mismo espacio. El agua tibia nos reconfortó. Me besaba mordiéndome la boca. Nuestras salivas se mezclaban con el agua turbia que danzaba en la bañera. Yo sonreía con los labios doloridos y rojos como frutas.

Oigo su voz que me llama desde la entrada de la habitación, se confunde con la música del órgano de la iglesia. La luz de emergencia parpadea con furia. Me levanto de la cama, me duele la cabeza y tengo las tripas revueltas. Parece que camino sobre nubes o sobre el agua que se salió de la bañera por todo el suelo del baño, aquel día mientras hacíamos el amor. Entro al baño y se me moja la parte de abajo de los calcetines. Odio esa sensación de frío interno. Me santiguo con el agua del lavabo y me pongo de rodillas junto a la taza. Todo es demasiado blanco o demasiado negro. Él ya no está.

Devuelvo todo el exceso de alcohol que tenía en el cuerpo. Mareada y convulsa grito una plegaria al suelo e intento incorporarme. Cada vez suena mas leve la música del órgano en mis oídos. Se acaba la ceremonia. Vuelvo hacia la cama arrastrando los pies. El suelo vuelve a estar seco. Ha parado el viento y hace mucho calor. Me tumbo y cierro los ojos de nuevo, ya no veo las chispas de colores, la luz de emergencia está quieta y ha cesado la música. Pero aun sigo oyendo su voz desde la entrada de la habitación que me grita:

—¡Vámonos de aquí! —Pero yo ya no estoy.

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#33

En esa época aún tenía la capacidad de enamorarse de todo: de los puestos de flores del mercado, del pan recién hecho por la mañana, del parpadeo de las farolas que se encendían a las ocho en punto o de las piernas de cualquier muchacha que bajara las escaleras de Montmartre.

Pequeña muerte por fin

Se apagan las luces y se cierra el telón. Se ha terminado este circo. La esperanza y las dudas se van de la mano vestidas de payaso.

Ya no camino por la otra acera por si te encuentro sentado en el banco de siempre. Ni miro a todos lados al salir del trabajo, a ver si me esperas en algún rincón sin lluvia. No ha parado de llover desde diciembre.

Estoy segura de que el cielo es mucho más gris en esta ciudad. Y en el suelo las grietas de los adoquines se han ido convirtiendo en abismos insalvables. El reencuentro no es posible ¿Puede alguien saltar todo este espacio sin caerse al vacío?

Prefiero observarme por dentro. Intento cuidarme. Examino mis vísceras que cada vez están más secas. Las manipulo con cuidado hasta acomodarlas en el hueco que les corresponde. Últimamente les ha dado por moverse y apretarse para sentirse más seguras. Tienen miedo de no aguantar otro envite. Les hablo despacio y las mimo. Son del color de las cerezas que se arrancan pronto del árbol, de ese rojo tenue que se queda en los labios cuando el carmín va perdiendo su brillo, después de besar. Hace un tiempo decidí dejarme un fueguito dentro del pecho. Cada día dedico unos minutos a custodiar la llama.

Floto en la inmensa claridad de las tardes, detrás de la madera y del papel, de la tinta y las palabras, de las canciones y los llantos de los niños felices. Todavía hay veces que pienso en abrazarte en los silencios que me atormentan cuando se vuelven largas las noches. Porque sé que detrás de la angustia me espera toda esa gente sin cara, los aviones que caen en picado, las crías de golondrina muertas entre el barro de sus nidos y la sangre que he derramado queriendo sacarme el corazón.

¿Cuándo va a llegar la primavera para esa sangre? ¿Cuándo se cerrarán de nuevo las heridas que nos hemos vuelto a abrir? Me dan igual estas muñecas horadadas de estigmas y el hierro de la lanza de Longinos en mi costado. No hay peor calvario que la nostalgia cuando aún no se ha dejado de querer.

El frío sigue rasgándome las venas cada vez que salgo de casa para empezar a vivir. Se va poniendo peor la cosa conforme avanzan las horas. En el crepúsculo empieza a lloverme por dentro y me suelo olvidar adrede el paraguas.Hay días que prefiero sentir cómo se calan los huesos. Y cuando no puedo más, cuando estoy empapada y se me apaga el fueguito del pecho, me pierdo en el humo de un cigarro o entre unas sábanas tan blancas que me queman los recuerdos. Y te dedico los placeres de esa oscuridad sin nombre. Pequeña muerte por fin.

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