#28

Esperó largo tiempo que volviera lo que se fue: las cartas amarillas de certezas oxidadas, el papel triste y rasgado por la tinta que se cansó de llorar, el fuego de su pelo y las piernas abiertas, vestidas con las medias que él le solía quitar… Pero lo único que volvía era el viento, que rozaba sus senos desnudos y avivaba el ardor de su alma.

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(La toilette, Henri de Toulouse-Lautrec, 1896)

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#Trenes

Irrumpió en mi vida un tiempo extraño. Un tiempo que, dentro de mi cabeza, incluía agujeros negros y estrellas nacientes. Uno de esos momentos en los que los miedos y los deseos se hacen realidad a la vez, como si se tratase de un bonito sueño que se torna delirante y febril o viceversa.

En ese periodo de rarezas, empecé a trabajar en una biblioteca. Me gustaba pasar largas horas sentada, observando a la gente estudiar y leer en silencio. Desde el mostrador donde se prestaban los libros se escuchaba pasar el tren. Las vías estaban a muy pocos metros del edificio. A veces, el sonido del roce metálico que las ruedas hacían al deslizarse parecía una suave tormenta.

Me fascinan los viajes en tren. Los días anteriores a un viaje me gusta pensar en cosas como los huecos del equipaje vacíos, los reflejos de las caras cansadas en las ventanas, las diminutas gotitas de vaho atrapadas en medio de los cristales dobles, el olor de los sándwiches de jamón y queso que se cuela desde la cafetería, las hojas de los periódicos temblando en los carritos que los azafatos hacen avanzar a trompicones por los pasillos o los espacios refrigerados entre vagón y vagón, en los que casi siempre huele a tabaco, o a tristeza, que es casi lo mismo.

Los trenes siempre me han parecido algo muy romántico. Pero no románticos como un beso bajo el muérdago en Navidad o como la muerte de Romeo y Julieta. Lo del tren es un romanticismo que va más allá del amor. Algo más trascendental que el amor en sí mismo.

Lo que creo que realmente me cala por dentro, es esa sensación extraña que dejan las estaciones, los andenes y las despedidas… a las que había estado irremediablemente ligada desde siempre. Los viajes en tren y todo lo que los rodea son algo así como la evocación de una distancia indefinida de mi alma con las de los demás seres humanos, una especie de vacío placentero que proporciona el reconocimiento de la soledad infinita que nos acompaña y nos define a todos.

#13

“¡Te quiero! ¡Te quiero! ¡Aparta!

Que si matarte pudiera, te pondría una mortaja con los filos de violetas.

(Bodas de sangre, Federico García Lorca)

Al llegar a casa encontré a Valeria tumbada en el desvencijado sofá del salón. Estaba fumando un cigarrillo y con un libro abierto en la mano. Inclinó la cabeza, cerró el libro y me miró sorprendida. No esperaba que llegase tan pronto esa noche y había perturbado su paz.

Absorbía el cigarrillo con sus pequeños labios rojos de manera sensual. Parecía mayor cuando fumaba. Podía imaginar el humo mezclándose con su sangre, haciéndola cada vez un poco mas oscura y espesa. Apagó el cigarro en el fondo de una taza de té vacía que estaba sobre la mesa. No recordaba haberle dejado las llaves de mi apartamento, pero sin duda las tenía. Aunque ella era capaz de trepar por la pared del edificio y entrar por la ventana. La loca.

A Valeria le gustaba estar sola. Disfrutar plenamente de la conciencia de su ser en soledad era su pasatiempo preferido. Por eso sé que mi presencia la incomodó. Aunque intentó hacer como que no le importaba lo más mínimo, dándose aires de señora seria y distinguida.

Cerré la puerta y colgué el abrigo en una silla. Había tomado la costumbre de ir creando fantasmas por la casa con la ropa que me iba quitando. Fantasmas sin pies que si observabas fijamente en casi completa oscuridad, con un poco de imaginación y entornando los ojos, bailaban al son de las melodías de Jazz que a Valeria le gustaba escuchar acostada en su cama vacía.

Valeria me miró fijamente y empezó a hablar con voz pausada —El camino del olvido siempre es cuesta arriba. —dijo sin inmutarse.  —Y cuando tienes que olvidar a quien aun no se ha ido la cosa se pone peor, ya lo sabes de sobra. A veces eso implica llevar a cuestas el cadáver del difunto imaginario por un tiempo indefinido.

Yo la miraba sin comprender cómo sabía ella cuál era exactamente mi estado de ánimo, ni a qué venía de repente toda esa retahíla. Debía de tener una pinta bastante desastrosa con mi jersey de lana dos tallas más grandes y mis piernas delgadas apareciendo por debajo del mismo. Me quedé de pie en medio del salón escuchándola.

 —El cuerpo va además amortajado con violetas.  —prosiguió —Con esas flores que visteis caminando aquella tarde de la mano, las que adornaban los balcones de las casas junto al río. Esas mismas que quisisteis arrancar para ver más de cerca, para sentir su fino tacto y su aroma introduciéndose por vuestras fosas nasales, pasando a formar parte de un todo. Nunca antes habíais arrancado una flor pero ese mismo hecho aumentaba el deseo de tener en vuestras manos los diminutos brotes azulados.

La dejé hablar, aunque ya me empezaba a doler bastante el pecho. Era un pinchazo constante en el lado izquierdo, que se instalaba a menudo justo en ese pequeño hueco que hay entre el corazón y el pulmón. Mis fuerzas empezaban a fallar mientras escuchaba la lánguida voz de Valeria. Solo quería sentarme en el sofá junto a ella y dormir. Ella pareció no darse cuenta, se encendió otro cigarrillo y siguió hablando.

 —No hay que pasar por alto que el difunto imaginario, a pesar de estar cubierto de flores, se va pudriendo por dentro. La piel se le desprende de los flácidos músculos y los huesos que una vez fueron recios y firmes, se van convirtiendo en volátil ceniza. Cada vez pesa menos lo que al principio te hundía y no te dejaba seguir adelante.

Me acerqué arrastrando los pies hasta el sofá. Me eché a su lado y ella acarició mi pelo mientras acababa de hablar.

 —Duele mucho enterrar algo que aún no ha muerto. Por esa razón a veces, cuando miramos atrás, a nuestra espalda sobre la que cargamos el cadáver, solamente vemos las flores. Pero eso no es más que un juego simplón de la mente, una ilusión de la incertidumbre y la esperanza que nos hacen ignorar el paso del tiempo, la putrefacción de los recuerdos, el olor a humedad de la tierra, el peso de un cuerpo sobre otro cuerpo y los gusanos. El beso letal de la duda.

Me quedé dormida sin darme cuenta. Cuando abrí los ojos solo quedaba el humo flotando en el salón… y los fantasmas.

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#14

“Lo importante es transformar la pasión en carácter”
(F. Kafka)

 

Volví a ver a Gregor. Habían pasado más de dos meses desde nuestro último encuentro. Quedamos en el portal de mi casa. Vino estrictamente puntual a las ocho de la tarde. Cuando me vio salir por la puerta, me agarró la mano y se la acercó suavemente a los labios para besarla. Después no me la soltó más en todo el tiempo que estuvimos juntos.

Caminamos entrelazando nuestros dedos bajo la leve sombra de los árboles del paseo del río. El agua se deslizaba mansamente por debajo de los puentes. Se hacía poco a poco de noche pero todavía de filtraba entre las ramas algún destello de la luz que dejaba el crepúsculo. Evitábamos en todo momento el contacto visual para no estropear el momento. Quizá hablamos de más, de nada y de todo, como queriendo recuperar el tiempo perdido para contarnos lo que no habíamos podido decir antes. Anduvimos de esa guisa aproximadamente una hora. Noté cómo nos sudaban la manos de tanto apretárnoslas. Seguimos sin mirarnos.

Cuando la oscuridad invadió el parque fuimos a mi apartamento. Me quitó la ropa despacio, a la vez que él se quitaba la suya. Nos quedamos en medio de la estancia de pie,  muy rectos, el uno frente al otro, completamente desnudos. Entonces nos miramos y explotó el silencio.

La larga sombra de su cuerpo se curvaba en el límite entre la pared y el techo otorgándole un aspecto de contorsionista circense. El pelo le había crecido un poco pero seguía siendo muy negro y no se movía un milímetro de su sitio. Aquel día no había traído el sombrero. No hubo duchas, ni transformaciones. Sus ojos parecían en calma y su expresión era más serena que nunca. No podía dejar de mirarme. A través de la ventana se oía a un vagabundo tocar una nostálgica melodía de Smetana.

Me hizo el amor siendo enteramente él y una lágrima casi imperceptible rodó por su mejilla.

Esa fue la última vez que lo vi.

Solo agua

Yo lo maté. Lo maté una tarde de marzo. Con la mano en el pecho para que no se escapara, salí de casa y corrí. Corrí bajo la lluvia hasta quedar sin aliento. Hasta que sentí palpitar mis piernas. Y allí, parada en una esquina de una calle cualquiera, lloré. Lloré hasta que me dolieron los ojos.

Pero ¿qué son las lágrimas en medio de la lluvia? Sino más lluvia, más gotas y más gotas. Solo agua, solo agua, solo agua… Las gotas son todas iguales. Idénticas. Se agolpan una a una en el cristal, poco a poco, una a una, y se van haciendo más grandes y más grandes y más grandes, y cuando ya no aguantan más, resbalan dibujando sus líneas imperfectas, hasta caer definitivamente y pasar a ser charco…

Solo agua. Solo agua. Solo agua…

Y puede que la vida no tenga sentido, que sea una burbuja que al final revienta sin más, un viaje de ida, un jazz que termina y los músicos se van. Y mientras está la realidad, la realidad que es así, casi siempre más dura que la vida. Al fin y al cabo es donde estamos y si el viento sopla lo único que nos queda es seguir viviendo y caminar, solamente caminar.

Yo lo maté. Lo maté cuando me miraba fijamente, muy despierto, con los ojos abiertos de par en par. Confiaba en mí y lo maté. Y  vinieron las nubes y se rompió el cielo y corrí bajo la lluvia… Y lloré, y lloré, y me limpie las manos de su sangre con el agua que caía de mis ojos…

Solo agua. Solo agua. Solo agua.

A veces creemos que existe lo eterno. Como si pudiéramos no lavarnos las manos nunca después de tocar la piel de quien amamos o dejar nuestra ropa tirada en el suelo después de hacer el amor. Y vagar por el mundo desnudos en busca de esas pequeñas muertes, como ingrávidos cuerpos compuestos de inertes almas. Me gustaría quedarme en ese instante para siempre, morir una vez más, y otra, y otra.

Pero las farolas rotas siempre esperan que alguien las vaya a arreglar. Sin saber que son piezas de un puzzle que ya no encajan. Pertenecen a otro mundo: al de los olvidados y los tristes, al de las alcantarillas sucias y atascadas de dolores, al de las puertas cerradas con pestillo y las mil y una noches en vela. Solo son una mezcla de pedazos de cristales rotos y penumbra gris. Son los trocitos de vidrio que se clavan en medio del pecho cuando alguien se va.

Yo lo maté. Lo arranque de su remanso de paz. Me desgarré el pecho con las manos,  lo cogí fuerte y tiré y tiré, hasta que se desprendió y lo solté en un abismo. Cuando lo vi caer aun latía y se volvió piedra por lo rápido que cayó. Cayó y calló. Se rompió en mil pedazos al chocar contra el infinito y nunca más pude juntar todas las partes. Otro suicidio innecesario.

Las porciones que encontré me las llevé a casa envueltas en un jersey y las metí en dos botecitos. Sangraron durante años y finalmente se volvieron líquidas, como las olas o como el llanto silencioso del que sabe que no volverá a ser el mismo. Se mimetizaron con el temblor y la ira, con la envidia y el qué dirán, con la soledad y las horas. Pero callaron siempre, siempre callaron, siempre el silencio. Y con el tiempo, las de un bote se volvieron blancas como la tierra y las otras azules como el mar.

Solo agua. Solo agua. Solo agua.

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#3

“La felicidad es la necesidad de repetir”

(M. Kundera)

A partir de entonces Tomás y yo empezamos a vernos casi todas las noches en el bar. Sobre todo las noches en las que no paraba de llover. La excusa era no estar solos en el momento de tomar la última copa y fumar el último cigarrillo. -Alquitrán y gasolina en compañía. No hay nada mejor para quemar las penas- solía decir riendo.

Las noches que llovía eran mucho más solitarias. En casa había un ruido constante contra las ventanas que lograba adormecer los sentidos. El agua por fuera purifica y limpia las calles, pero por dentro empapa las almas de los que somos propicios a recostarnos con la melancolía.

Una de las primeras veces que hablamos, Tomás me confesó que a pesar de haber frecuentado otras camas, moriría enamorado de Teresa. Que alguna vez, se le había pasado el vértigo entre copa y copa, pero después siempre volvía la náusea, las ganas de echarlo todo, de caer al vacío y desaparecer. A fuerza de acurrucarse en camas ajenas soñaba que era inmortal y que después de haber sufrido lo suficiente en el pasado, ya nunca se acabarían los momentos felices.

Estaba tan equivocado… Al final descubrimos que el amor y la vida no eran solamente un poema de Sabines o una película de Won Kar-wai. La vida era también algo así como un continuo golpe tras golpe y volverse a levantar. Y el amor un tango de Carlos Gardel en un bar de mala muerte en Buenos Aires.