#33

En esa época aún tenía la capacidad de enamorarse de todo: de los puestos de flores del mercado, del pan recién hecho por la mañana, del parpadeo de las farolas que se encendían a las ocho en punto o de las piernas de cualquier muchacha que bajara las escaleras de Montmartre.

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Pequeña muerte por fin

Se apagan las luces y se cierra el telón. Se ha terminado este circo. La esperanza y las dudas se van de la mano vestidas de payaso.

Ya no camino por la otra acera por si te encuentro sentado en el banco de siempre. Ni miro a todos lados al salir del trabajo, a ver si me esperas en algún rincón sin lluvia. No ha parado de llover desde diciembre.

Estoy segura de que el cielo es mucho más gris en esta ciudad. Y en el suelo las grietas de los adoquines se han ido convirtiendo en abismos insalvables. El reencuentro no es posible ¿Puede alguien saltar todo este espacio sin caerse al vacío?

Prefiero observarme por dentro. Intento cuidarme. Examino mis vísceras que cada vez están más secas. Las manipulo con cuidado hasta acomodarlas en el hueco que les corresponde. Últimamente les ha dado por moverse y apretarse para sentirse más seguras. Tienen miedo de no aguantar otro envite. Les hablo despacio y las mimo. Son del color de las cerezas que se arrancan pronto del árbol, de ese rojo tenue que se queda en los labios cuando el carmín va perdiendo su brillo, después de besar. Hace un tiempo decidí dejarme un fueguito dentro del pecho. Cada día dedico unos minutos a custodiar la llama.

Floto en la inmensa claridad de las tardes, detrás de la madera y del papel, de la tinta y las palabras, de las canciones y los llantos de los niños felices. Todavía hay veces que pienso en abrazarte en los silencios que me atormentan cuando se vuelven largas las noches. Porque sé que detrás de la angustia me espera toda esa gente sin cara, los aviones que caen en picado, las crías de golondrina muertas entre el barro de sus nidos y la sangre que he derramado queriendo sacarme el corazón.

¿Cuándo va a llegar la primavera para esa sangre? ¿Cuándo se cerrarán de nuevo las heridas que nos hemos vuelto a abrir? Me dan igual estas muñecas horadadas de estigmas y el hierro de la lanza de Longinos en mi costado. No hay peor calvario que la nostalgia cuando aún no se ha dejado de querer.

El frío sigue rasgándome las venas cada vez que salgo de casa para empezar a vivir. Se va poniendo peor la cosa conforme avanzan las horas. En el crepúsculo empieza a lloverme por dentro y me suelo olvidar adrede el paraguas.Hay días que prefiero sentir cómo se calan los huesos. Y cuando no puedo más, cuando estoy empapada y se me apaga el fueguito del pecho, me pierdo en el humo de un cigarro o entre unas sábanas tan blancas que me queman los recuerdos. Y te dedico los placeres de esa oscuridad sin nombre. Pequeña muerte por fin.

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#28

Esperó largo tiempo que volviera lo que se fue: las cartas amarillas de certezas oxidadas, el papel triste y rasgado por la tinta que se cansó de llorar, el fuego de su pelo y las piernas abiertas, vestidas con las medias que él le solía quitar… Pero lo único que volvía era el viento, que rozaba sus senos desnudos y avivaba el ardor de su alma.

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(La toilette, Henri de Toulouse-Lautrec, 1896)

#Trenes

Irrumpió en mi vida un tiempo extraño. Un tiempo que, dentro de mi cabeza, incluía agujeros negros y estrellas nacientes. Uno de esos momentos en los que los miedos y los deseos se hacen realidad a la vez, como si se tratase de un bonito sueño que se torna delirante y febril o viceversa.

En ese periodo de rarezas, empecé a trabajar en una biblioteca. Me gustaba pasar largas horas sentada, observando a la gente estudiar y leer en silencio. Desde el mostrador donde se prestaban los libros se escuchaba pasar el tren. Las vías estaban a muy pocos metros del edificio. A veces, el sonido del roce metálico que las ruedas hacían al deslizarse parecía una suave tormenta.

Me fascinan los viajes en tren. Los días anteriores a un viaje me gusta pensar en cosas como los huecos del equipaje vacíos, los reflejos de las caras cansadas en las ventanas, las diminutas gotitas de vaho atrapadas en medio de los cristales dobles, el olor de los sándwiches de jamón y queso que se cuela desde la cafetería, las hojas de los periódicos temblando en los carritos que los azafatos hacen avanzar a trompicones por los pasillos o los espacios refrigerados entre vagón y vagón, en los que casi siempre huele a tabaco, o a tristeza, que es casi lo mismo.

Los trenes siempre me han parecido algo muy romántico. Pero no románticos como un beso bajo el muérdago en Navidad o como la muerte de Romeo y Julieta. Lo del tren es un romanticismo que va más allá del amor. Algo más trascendental que el amor en sí mismo.

Lo que creo que realmente me cala por dentro, es esa sensación extraña que dejan las estaciones, los andenes y las despedidas… a las que había estado irremediablemente ligada desde siempre. Los viajes en tren y todo lo que los rodea son algo así como la evocación de una distancia indefinida de mi alma con las de los demás seres humanos, una especie de vacío placentero que proporciona el reconocimiento de la soledad infinita que nos acompaña y nos define a todos.