#13

“¡Te quiero! ¡Te quiero! ¡Aparta!

Que si matarte pudiera, te pondría una mortaja con los filos de violetas.

(Bodas de sangre, Federico García Lorca)

Al llegar a casa encontré a Valeria tumbada en el desvencijado sofá del salón. Estaba fumando un cigarrillo y con un libro abierto en la mano. Inclinó la cabeza, cerró el libro y me miró sorprendida. No esperaba que llegase tan pronto esa noche y había perturbado su paz.

Absorbía el cigarrillo con sus pequeños labios rojos de manera sensual. Parecía mayor cuando fumaba. Podía imaginar el humo mezclándose con su sangre, haciéndola cada vez un poco mas oscura y espesa. Apagó el cigarro en el fondo de una taza de té vacía que estaba sobre la mesa. No recordaba haberle dejado las llaves de mi apartamento, pero sin duda las tenía. Aunque ella era capaz de trepar por la pared del edificio y entrar por la ventana. La loca.

A Valeria le gustaba estar sola. Disfrutar plenamente de la conciencia de su ser en soledad era su pasatiempo preferido. Por eso sé que mi presencia la incomodó. Aunque intentó hacer como que no le importaba lo más mínimo, dándose aires de señora seria y distinguida.

Cerré la puerta y colgué el abrigo en una silla. Había tomado la costumbre de ir creando fantasmas por la casa con la ropa que me iba quitando. Fantasmas sin pies que si observabas fijamente en casi completa oscuridad, con un poco de imaginación y entornando los ojos, bailaban al son de las melodías de Jazz que a Valeria le gustaba escuchar acostada en su cama vacía.

Valeria me miró fijamente y empezó a hablar con voz pausada —El camino del olvido siempre es cuesta arriba. —dijo sin inmutarse.  —Y cuando tienes que olvidar a quien aun no se ha ido la cosa se pone peor, ya lo sabes de sobra. A veces eso implica llevar a cuestas el cadáver del difunto imaginario por un tiempo indefinido.

Yo la miraba sin comprender cómo sabía ella cuál era exactamente mi estado de ánimo, ni a qué venía de repente toda esa retahíla. Debía de tener una pinta bastante desastrosa con mi jersey de lana dos tallas más grandes y mis piernas delgadas apareciendo por debajo del mismo. Me quedé de pie en medio del salón escuchándola.

 —El cuerpo va además amortajado con violetas.  —prosiguió —Con esas flores que visteis caminando aquella tarde de la mano, las que adornaban los balcones de las casas junto al río. Esas mismas que quisisteis arrancar para ver más de cerca, para sentir su fino tacto y su aroma introduciéndose por vuestras fosas nasales, pasando a formar parte de un todo. Nunca antes habíais arrancado una flor pero ese mismo hecho aumentaba el deseo de tener en vuestras manos los diminutos brotes azulados.

La dejé hablar, aunque ya me empezaba a doler bastante el pecho. Era un pinchazo constante en el lado izquierdo, que se instalaba a menudo justo en ese pequeño hueco que hay entre el corazón y el pulmón. Mis fuerzas empezaban a fallar mientras escuchaba la lánguida voz de Valeria. Solo quería sentarme en el sofá junto a ella y dormir. Ella pareció no darse cuenta, se encendió otro cigarrillo y siguió hablando.

 —No hay que pasar por alto que el difunto imaginario, a pesar de estar cubierto de flores, se va pudriendo por dentro. La piel se le desprende de los flácidos músculos y los huesos que una vez fueron recios y firmes, se van convirtiendo en volátil ceniza. Cada vez pesa menos lo que al principio te hundía y no te dejaba seguir adelante.

Me acerqué arrastrando los pies hasta el sofá. Me eché a su lado y ella acarició mi pelo mientras acababa de hablar.

 —Duele mucho enterrar algo que aún no ha muerto. Por esa razón a veces, cuando miramos atrás, a nuestra espalda sobre la que cargamos el cadáver, solamente vemos las flores. Pero eso no es más que un juego simplón de la mente, una ilusión de la incertidumbre y la esperanza que nos hacen ignorar el paso del tiempo, la putrefacción de los recuerdos, el olor a humedad de la tierra, el peso de un cuerpo sobre otro cuerpo y los gusanos. El beso letal de la duda.

Me quedé dormida sin darme cuenta. Cuando abrí los ojos solo quedaba el humo flotando en el salón… y los fantasmas.

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El olvido

El olvido es como un niño que va de la mano de la decisión de marcharse, y esta lo va arrastrando porque él no quiere caminar. Por eso, aunque te vayas, el olvido tarda siempre un poco más.

#14

“Lo importante es transformar la pasión en carácter”
(F. Kafka)

 

Volví a ver a Gregor. Habían pasado más de dos meses desde nuestro último encuentro. Quedamos en el portal de mi casa. Vino estrictamente puntual a las ocho de la tarde. Cuando me vio salir por la puerta, me agarró la mano y se la acercó suavemente a los labios para besarla. Después no me la soltó más en todo el tiempo que estuvimos juntos.

Caminamos entrelazando nuestros dedos bajo la leve sombra de los árboles del paseo del río. El agua se deslizaba mansamente por debajo de los puentes. Se hacía poco a poco de noche pero todavía de filtraba entre las ramas algún destello de la luz que dejaba el crepúsculo. Evitábamos en todo momento el contacto visual para no estropear el momento. Quizá hablamos de más, de nada y de todo, como queriendo recuperar el tiempo perdido para contarnos lo que no habíamos podido decir antes. Anduvimos de esa guisa aproximadamente una hora. Noté cómo nos sudaban la manos de tanto apretárnoslas. Seguimos sin mirarnos.

Cuando la oscuridad invadió el parque fuimos a mi apartamento. Me quitó la ropa despacio, a la vez que él se quitaba la suya. Nos quedamos en medio de la estancia de pie,  muy rectos, el uno frente al otro, completamente desnudos. Entonces nos miramos y explotó el silencio.

La larga sombra de su cuerpo se curvaba en el límite entre la pared y el techo otorgándole un aspecto de contorsionista circense. El pelo le había crecido un poco pero seguía siendo muy negro y no se movía un milímetro de su sitio. Aquel día no había traído el sombrero. No hubo duchas, ni transformaciones. Sus ojos parecían en calma y su expresión era más serena que nunca. No podía dejar de mirarme. A través de la ventana se oía a un vagabundo tocar una nostálgica melodía de Smetana.

Me hizo el amor siendo enteramente él y una lágrima casi imperceptible rodó por su mejilla.

Esa fue la última vez que lo vi.