#14

“Lo importante es transformar la pasión en carácter”
(F. Kafka)

 

Volví a ver a Gregor. Habían pasado más de dos meses desde nuestro último encuentro. Quedamos en el portal de mi casa. Vino estrictamente puntual a las ocho de la tarde. Cuando me vio salir por la puerta, me agarró la mano y se la acercó suavemente a los labios para besarla. Después no me la soltó más en todo el tiempo que estuvimos juntos.

Caminamos entrelazando nuestros dedos bajo la leve sombra de los árboles del paseo del río. El agua se deslizaba mansamente por debajo de los puentes. Se hacía poco a poco de noche pero todavía de filtraba entre las ramas algún destello de la luz que dejaba el crepúsculo. Evitábamos en todo momento el contacto visual para no estropear el momento. Quizá hablamos de más, de nada y de todo, como queriendo recuperar el tiempo perdido para contarnos lo que no habíamos podido decir antes. Anduvimos de esa guisa aproximadamente una hora. Noté cómo nos sudaban la manos de tanto apretárnoslas. Seguimos sin mirarnos.

Cuando la oscuridad invadió el parque fuimos a mi apartamento. Me quitó la ropa despacio, a la vez que él se quitaba la suya. Nos quedamos en medio de la estancia de pie,  muy rectos, el uno frente al otro, completamente desnudos. Entonces nos miramos y explotó el silencio.

La larga sombra de su cuerpo se curvaba en el límite entre la pared y el techo otorgándole un aspecto de contorsionista circense. El pelo le había crecido un poco pero seguía siendo muy negro y no se movía un milímetro de su sitio. Aquel día no había traído el sombrero. No hubo duchas, ni transformaciones. Sus ojos parecían en calma y su expresión era más serena que nunca. No podía dejar de mirarme. A través de la ventana se oía a un vagabundo tocar una nostálgica melodía de Smetana.

Me hizo el amor siendo enteramente él y una lágrima casi imperceptible rodó por su mejilla.

Esa fue la última vez que lo vi.

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Cruz y olvido

Nunca fueron para mí tus poemas,

ni el tiempo muerto en las noches,

ni en las mañanas de ausencia.

Me dejaste sin canciones

y sin versos.

Con los cafés, el humo

y los brazos abiertos.

Me negaste tres veces o más,

el gallo tardó demasiado en cantar.

La sentencia fue firme:

Cruz y olvido.

Solo agua

Yo lo maté. Lo maté una tarde de marzo. Con la mano en el pecho para que no se escapara, salí de casa y corrí. Corrí bajo la lluvia hasta quedar sin aliento. Hasta que sentí palpitar mis piernas. Y allí, parada en una esquina de una calle cualquiera, lloré. Lloré hasta que me dolieron los ojos.

Pero ¿qué son las lágrimas en medio de la lluvia? Sino más lluvia, más gotas y más gotas. Solo agua, solo agua, solo agua… Las gotas son todas iguales. Idénticas. Se agolpan una a una en el cristal, poco a poco, una a una, y se van haciendo más grandes y más grandes y más grandes, y cuando ya no aguantan más, resbalan dibujando sus líneas imperfectas, hasta caer definitivamente y pasar a ser charco…

Solo agua. Solo agua. Solo agua…

Y puede que la vida no tenga sentido, que sea una burbuja que al final revienta sin más, un viaje de ida, un jazz que termina y los músicos se van. Y mientras está la realidad, la realidad que es así, casi siempre más dura que la vida. Al fin y al cabo es donde estamos y si el viento sopla lo único que nos queda es seguir viviendo y caminar, solamente caminar.

Yo lo maté. Lo maté cuando me miraba fijamente, muy despierto, con los ojos abiertos de par en par. Confiaba en mí y lo maté. Y  vinieron las nubes y se rompió el cielo y corrí bajo la lluvia… Y lloré, y lloré, y me limpie las manos de su sangre con el agua que caía de mis ojos…

Solo agua. Solo agua. Solo agua.

A veces creemos que existe lo eterno. Como si pudiéramos no lavarnos las manos nunca después de tocar la piel de quien amamos o dejar nuestra ropa tirada en el suelo después de hacer el amor. Y vagar por el mundo desnudos en busca de esas pequeñas muertes, como ingrávidos cuerpos compuestos de inertes almas. Me gustaría quedarme en ese instante para siempre, morir una vez más, y otra, y otra.

Pero las farolas rotas siempre esperan que alguien las vaya a arreglar. Sin saber que son piezas de un puzzle que ya no encajan. Pertenecen a otro mundo: al de los olvidados y los tristes, al de las alcantarillas sucias y atascadas de dolores, al de las puertas cerradas con pestillo y las mil y una noches en vela. Solo son una mezcla de pedazos de cristales rotos y penumbra gris. Son los trocitos de vidrio que se clavan en medio del pecho cuando alguien se va.

Yo lo maté. Lo arranque de su remanso de paz. Me desgarré el pecho con las manos,  lo cogí fuerte y tiré y tiré, hasta que se desprendió y lo solté en un abismo. Cuando lo vi caer aun latía y se volvió piedra por lo rápido que cayó. Cayó y calló. Se rompió en mil pedazos al chocar contra el infinito y nunca más pude juntar todas las partes. Otro suicidio innecesario.

Las porciones que encontré me las llevé a casa envueltas en un jersey y las metí en dos botecitos. Sangraron durante años y finalmente se volvieron líquidas, como las olas o como el llanto silencioso del que sabe que no volverá a ser el mismo. Se mimetizaron con el temblor y la ira, con la envidia y el qué dirán, con la soledad y las horas. Pero callaron siempre, siempre callaron, siempre el silencio. Y con el tiempo, las de un bote se volvieron blancas como la tierra y las otras azules como el mar.

Solo agua. Solo agua. Solo agua.

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#3

“La felicidad es la necesidad de repetir”

(M. Kundera)

A partir de entonces Tomás y yo empezamos a vernos casi todas las noches en el bar. Sobre todo las noches en las que no paraba de llover. La excusa era no estar solos en el momento de tomar la última copa y fumar el último cigarrillo. -Alquitrán y gasolina en compañía. No hay nada mejor para quemar las penas- solía decir riendo.

Las noches que llovía eran mucho más solitarias. En casa había un ruido constante contra las ventanas que lograba adormecer los sentidos. El agua por fuera purifica y limpia las calles, pero por dentro empapa las almas de los que somos propicios a recostarnos con la melancolía.

Una de las primeras veces que hablamos, Tomás me confesó que a pesar de haber frecuentado otras camas, moriría enamorado de Teresa. Que alguna vez, se le había pasado el vértigo entre copa y copa, pero después siempre volvía la náusea, las ganas de echarlo todo, de caer al vacío y desaparecer. A fuerza de acurrucarse en camas ajenas soñaba que era inmortal y que después de haber sufrido lo suficiente en el pasado, ya nunca se acabarían los momentos felices.

Estaba tan equivocado… Al final descubrimos que el amor y la vida no eran solamente un poema de Sabines o una película de Won Kar-wai. La vida era también algo así como un continuo golpe tras golpe y volverse a levantar. Y el amor un tango de Carlos Gardel en un bar de mala muerte en Buenos Aires.

#5

“¿Es esta una vida posible?

Quizá, quizá sea posible,

pero es preciso que tú reflexiones sobre ello

hasta la última sombra de una duda”

(F. Kafka)

 

Gregor era checo. Decía que amaba Praga pero que no cambiaría su vida de ahora por aquello. A los catorce años había intentado regentar el negocio textil de su familia sin demasiado éxito. Cuando era pequeño tocaba el violín. Era un hombre serio, aunque según contaba menos de lo que fue su padre. Un empresario estricto que no les dejaba un ápice de libertad a sus hijos. Gregor había desarrollado a causa de esto un temperamento firme pero a veces melancólico. Casi siempre estaba solo en una esquina, saboreando despacio un licor de hierbas. El sabor amargo le recordaba a su patria. Raras veces participaba en un debate con las demás personas que se encontraban bebiendo a su alrededor, pero cuando lo hacía jamás perdía el control, ni se inmutaba cuando alguien pensaba diferente. Era alto y espigado, la nariz demasiado en punta y el pelo demasiado corto, generalmente cubierto por un sombrero que le daba un aire todavía más reservado. Tenía los ojos nublados, de un gris que era casi blanco. Me gustaba pensar que antes de nacer, durante el tiempo que estuvo flotando en el seno materno, Dios se los había extirpado directamente del alma y colocado en el interior de las minúsculas cuencas.

Salíamos del bar no demasiado tarde e íbamos a la habitación de aquella pensión desahuciada, en la que se alojaba desde que llegó a la ciudad. La estancia estaba impregnada de mugre sentimental, de asquerosa indiferencia, de ignoto afecto. Casi todo el tiempo se escuchaba gente gritando en las habitaciones contiguas. El papel de las paredes, que alguna vez fue beige, se había desconchado por la parte de arriba y los lamparones de humedad otorgaban a la estancia un halo de tristeza insalvable. Daba la sensación de que allí se habían derramado muchas lágrimas a lo largo del tiempo y estas se habían poco a poco adherido a la pared. En el baño la taza tenía mil marcas redondas y anaranjadas, de algún cigarrillo que no encontró otro lugar mejor donde acabar con su vida. Y en las cortinas de la ducha se esbozaban pequeñas pero cuantiosas manchas de moho.

Gregor había tomado como costumbre quitarme la ropa nada más entrar. Le gustaba contemplarme desnuda mientras recogía los trastos o fregaba los cubiertos que había dejado en la pila amontonados la noche anterior. Después siempre se metía en la ducha solo. Tardaba al menos una hora en asearse. El vapor se deslizaba por debajo de la puerta e inundaba el apartamento de un fuerte olor a nostalgia. Yo esperaba encima de la cama leyendo alguna de las revistas de viajes por Europa que tenía desperdigadas por toda la habitación: Madrid, Viena, Luxemburgo… Quizá ni siquiera fueran suyas y ya estaban allí antes de que él llegara. Todos los objetos que poblaban las pensiones me dejaban una sensación de vacío, de desarraigo e impertinencia… una especie de insatisfacción que se adhiere al corazón y lo deja chorreando como una esponja.

Al salir de la ducha con su corto pelo mojado, su cara había cambiado, tenía una expresión casi cruel, las mejillas le ardían por el exceso de agua caliente y los ojos parecían aun más grises que antes, como si fueran dos lagos enormes en los que se le hubieran hundido las negras pupilas. Sufría una especie de transformación y repentinamente era como un animal. Agarraba mi cuerpo violentamente con sus brazos, me hacía salvajemente el amor y luego se quedaba dormido. Yo me deslizaba a través de las sábanas, con mucho cuidado para que no se despertase. Me vestía de nuevo y camino a casa, me debatía entre querer verle de nuevo o no volver a verle nunca más.