Huracán

Vuela conmigo.

Hazme olvidar cuando bailaba en la ribera del Iliso.

Enfurecido.

Limpia las montañas de mis sacrificios.

Arrasa la totalidad,

la omnipotencia y lo eterno,

la ausencia de pecados e infiernos,

las caricias de luces en blanco y negro

que provocan gemidos y te tapan la boca.

Hazme etérea en las mañanas y en las noches de lluvia,

con las manos frías que aprietan el corazón

y después se agarran a tu espalda.

Turba las aguas del Leteo y la sombra gris del ciprés

pero vuelve a posarte en sus ramas cada tarde de abril.

No hay nada más bello que vivir sabiendo el final,

en el efímero latir de una rosa que se abre.

 

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Cuando tú te fuiste

Cuando tú te fuiste el café se quedaba frío en la mesa de la cocina. El silencio se había adueñado del tiempo y las cucharillas tintineaban contra las paredes de la taza gritando ausencias. Empecé a echarle azúcar. Nunca antes había necesitado endulzarme las mañanas. Recordaba aquella vez, en esa cafetería que llamábamos nuestra, cuando me dijiste que era una “tía dura” porque tomaba los cafés sin azúcar. Y lo era, pero las tías duras tampoco son de piedra.

Cuando tú te fuiste seguí siendo yo. Tenía la misma cara, el mismo cuerpo, la misma piel y el mismo corazón. Pero intentaba escapar de mí y en la huída me tropezaba casi siempre. La vida era para mí un pequeño punto de luz que yo miraba desde un pozo muy profundo.

Por aquel entonces empezó a llover más de lo habitual, yo miraba el agua caer desde la ventana. Veía como se precipitaban las gotas contra el suelo y me calaban por dentro. Cada una de ellas me empapaba el alma de recuerdos febriles. No tenía sentido quedarse esperando tu vuelta. Por eso un día decidí salir y enfrentarme a ellas, a las gotas y a la vida. Y me pasé la tarde saltando en los charcos. No llevaba paraguas. No me importaba mojarme, pero aquel incesante aplastamiento de las gotas seguía poniéndome triste. La lluvia caía y se confundía con mis lágrimas como el caudal de un río que nunca conoció veranos.

Cuando tú te fuiste ya no había paz, ya no había treguas. Jugaba cada noche a la ruleta rusa con mis fantasmas y la bala siempre era para mí. Pero no me dolía. Ya no me dolía nada. Para entonces era capaz de soportar un huracán de pie en plena calle, impasible, mientras todo se movía a mi alrededor.

Pero por fin llegaron los días en los que salía el sol. Entonces me sentaba en la terraza y miraba las hormigas andar con su pesado ascenso por las paredes. Parecía una procesión hacia el Monte Calvario. Me sentía enorme a su lado, como cuando trepabas por mi cuerpo y me creía diosa. Aquellos días decidí guardar las mariposas de mi estómago en un frasco de cristal, por si quería visitarlas de vez en cuando. Más tarde las encerré bajo llave en un cajón, para que nunca más pudieran volar. Jamás sería lo mismo. Lo peor del mundo es negar el vuelo a quien tiene alas.

Y ahora ya estás tan lejos… tan lejos que ya no te reconozco en mis sueños. Ni en las noches de insomnio que ahora utilizo para bailar con otros. Ya no me da miedo nada. Ni siquiera la soledad. Me he hecho su amiga. Agarro sus manos siempre que aparece y se sienta a mi lado silenciosa y se las caliento con besos. Nada me para. Vuelo sin penas, sin disturbios, sin rabia. Conmigo. Me quiero, de manera incondicional, como tú nunca supiste quererme.

 

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©Agata Wierzbicka

 

Demonios

Círculo interminable,

laberinto sin esquinas en las que parar a sentir.

Ya las oigo.

Serpientes de cascabel.

Ya vienen.

 

La salvación no es posible,

huyó para casarse con el diablo.

Se escucha un gemido que viene de aquella penumbra.

 

Un continuo susurrar de carcoma se agarra en el pecho.

Hay una esfinge llorando ahí fuera,

quiere limpiar su alma con el agua sucia de sus ojos.

 

Se ha secado la simiente intentando vivir,

cuando parecía que aun éramos,

pero estábamos ausentes

de las manos

y de los incendios.

 

En la inmensidad despoblada,

laberinto de la vida eterna,

solo hay sueños desgarrados de sombras febriles

Y callas

Ya vienen.

 

Se oyen en la ciudad las campanas,

el réquiem esperado.

El funeral de las almas es más cruel que el de los cuerpos.

 

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Amor de verano

Imagina un mundo sin nosotros.

Un mundo sin pasado ni presente.

Sólo silencio.

En el que avancemos apoyando las manos en paredes blancas,

con la cabeza en las nubes y los pies en el suelo.

 

Te recuerdo en las mareas,

en las olas que embisten el malecón,

en los paseos nocturnos de imperfecta quietud.

En las plumas de las aves que se alejan cantando al abismo.

 

Había otoño en tu mirada,

escaleras ascendentes,

cielo desnudo,

besos en el porche,

muerte escandalosa,

alma sin voz,

buzones vacíos,

heridas cerradas con sal,

corazones enterrados en la arena.

 

Pero no supe odiar tu forma fugaz de vivir,

el tiempo y sus costumbres,

los límites del espacio,

nuestras sombras caminando,

la historia de tus ojos,

tu boca piadosa que gritaba creando el aire para que los pájaros pudieran volar.

Me quedé abrazando tu espalda.

Qué cruz más ligera.

Desconocida felicidad transitoria.

 

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(Imagen: Sara Herranz)

 

Va a llover

Va a llover y te vas a ir.

Dejará de tener ese olor la tierra mojada.

Los arboles entonarán requiems a lo perdido.

No habrá velas encendidas ni mariposas nocturnas.

Los fantasmas conquistarán de nuevo la casa.

Se harán piedra las tripas y el corazón

y volverá a crearse mi coraza.

Trepará por mi cuerpo la muerte

envolviéndolo como la hiedra a la pared.

Ya no respiraremos el mismo aire.

Dejaré de contar primaveras

y pisaré las flores del camino.

No habrá batallas ni sosiego,

ni copas de vino en ningún bar.

Va a llover y te vas a ir.

No tendré paraguas ni abrigo,

los otoños vendrán en julio,

caerán las hojas y los olvidos.

Bailaré descalza con las sombras

y sentiré las manos frías de la ausencia.

Me empaparé de ti cuando no recuerde vivir

y regresaré al presente cuando me canse de amarte.

 

 

 

Te vas a ir y va a llover.

 

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