Solo agua

Yo lo maté. Lo maté una tarde de marzo. Con la mano en el pecho para que no se escapara, salí de casa y corrí. Corrí bajo la lluvia hasta quedar sin aliento. Hasta que sentí palpitar mis piernas. Y allí, parada en una esquina de una calle cualquiera, lloré. Lloré hasta que me dolieron los ojos.

Pero ¿qué son las lágrimas en medio de la lluvia? Sino más lluvia, más gotas y más gotas. Solo agua, solo agua, solo agua… Las gotas son todas iguales. Idénticas. Se agolpan una a una en el cristal, poco a poco, una a una, y se van haciendo más grandes y más grandes y más grandes, y cuando ya no aguantan más, resbalan dibujando sus líneas imperfectas, hasta caer definitivamente y pasar a ser charco…

Solo agua. Solo agua. Solo agua…

Y puede que la vida no tenga sentido, que sea una burbuja que al final revienta sin más, un viaje de ida, un jazz que termina y los músicos se van. Y mientras está la realidad, la realidad que es así, casi siempre más dura que la vida. Al fin y al cabo es donde estamos y si el viento sopla lo único que nos queda es seguir viviendo y caminar, solamente caminar.

Yo lo maté. Lo maté cuando me miraba fijamente, muy despierto, con los ojos abiertos de par en par. Confiaba en mí y lo maté. Y  vinieron las nubes y se rompió el cielo y corrí bajo la lluvia… Y lloré, y lloré, y me limpie las manos de su sangre con el agua que caía de mis ojos…

Solo agua. Solo agua. Solo agua.

A veces creemos que existe lo eterno. Como si pudiéramos no lavarnos las manos nunca después de tocar la piel de quien amamos o dejar nuestra ropa tirada en el suelo después de hacer el amor. Y vagar por el mundo desnudos en busca de esas pequeñas muertes, como ingrávidos cuerpos compuestos de inertes almas. Me gustaría quedarme en ese instante para siempre, morir una vez más, y otra, y otra.

Pero las farolas rotas siempre esperan que alguien las vaya a arreglar. Sin saber que son piezas de un puzzle que ya no encajan. Pertenecen a otro mundo: al de los olvidados y los tristes, al de las alcantarillas sucias y atascadas de dolores, al de las puertas cerradas con pestillo y las mil y una noches en vela. Solo son una mezcla de pedazos de cristales rotos y penumbra gris. Son los trocitos de vidrio que se clavan en medio del pecho cuando alguien se va.

Yo lo maté. Lo arranque de su remanso de paz. Me desgarré el pecho con las manos,  lo cogí fuerte y tiré y tiré, hasta que se desprendió y lo solté en un abismo. Cuando lo vi caer aun latía y se volvió piedra por lo rápido que cayó. Cayó y calló. Se rompió en mil pedazos al chocar contra el infinito y nunca más pude juntar todas las partes. Otro suicidio innecesario.

Las porciones que encontré me las llevé a casa envueltas en un jersey y las metí en dos botecitos. Sangraron durante años y finalmente se volvieron líquidas, como las olas o como el llanto silencioso del que sabe que no volverá a ser el mismo. Se mimetizaron con el temblor y la ira, con la envidia y el qué dirán, con la soledad y las horas. Pero callaron siempre, siempre callaron, siempre el silencio. Y con el tiempo, las de un bote se volvieron blancas como la tierra y las otras azules como el mar.

Solo agua. Solo agua. Solo agua.

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