#3

«La felicidad es la necesidad de repetir»

(M. Kundera)

A partir de entonces Tomás y yo empezamos a vernos casi todas las noches en el bar. Sobre todo las noches en las que no paraba de llover. La excusa era no estar solos en el momento de tomar la última copa y fumar el último cigarrillo. -Alquitrán y gasolina en compañía. No hay nada mejor para quemar las penas- solía decir riendo.

Las noches que llovía eran mucho más solitarias. En casa había un ruido constante contra las ventanas que lograba adormecer los sentidos. El agua por fuera purifica y limpia las calles, pero por dentro empapa las almas de los que somos propicios a recostarnos con la melancolía.

Una de las primeras veces que hablamos, Tomás me confesó que a pesar de haber frecuentado otras camas, moriría enamorado de Teresa. Que alguna vez, se le había pasado el vértigo entre copa y copa, pero después siempre volvía la náusea, las ganas de echarlo todo, de caer al vacío y desaparecer. A fuerza de acurrucarse en camas ajenas soñaba que era inmortal y que después de haber sufrido lo suficiente en el pasado, ya nunca se acabarían los momentos felices.

Estaba tan equivocado… Al final descubrimos que el amor y la vida no eran solamente un poema de Sabines o una película de Won Kar-wai. La vida era también algo así como un continuo golpe tras golpe y volverse a levantar. Y el amor un tango de Carlos Gardel en un bar de mala muerte en Buenos Aires.

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