Cuando tú te fuiste

Cuando tú te fuiste el café se quedaba frío en la mesa de la cocina. El silencio se había adueñado del tiempo y las cucharillas tintineaban contra las paredes de la taza gritando ausencias. Empecé a echarle azúcar. Nunca antes había necesitado endulzarme las mañanas. Recordaba aquella vez, en esa cafetería que llamábamos nuestra, cuando me dijiste que era una “tía dura” porque tomaba los cafés sin azúcar. Y lo era, pero las tías duras tampoco son de piedra.

Cuando tú te fuiste seguí siendo yo. Tenía la misma cara, el mismo cuerpo, la misma piel y el mismo corazón. Pero intentaba escapar de mí y en la huída me tropezaba casi siempre. La vida era para mí un pequeño punto de luz que yo miraba desde un pozo muy profundo.

Por aquel entonces empezó a llover más de lo habitual, yo miraba el agua caer desde la ventana. Veía como se precipitaban las gotas contra el suelo y me calaban por dentro. Cada una de ellas me empapaba el alma de recuerdos febriles. No tenía sentido quedarse esperando tu vuelta. Por eso un día decidí salir y enfrentarme a ellas, a las gotas y a la vida. Y me pasé la tarde saltando en los charcos. No llevaba paraguas. No me importaba mojarme, pero aquel incesante aplastamiento de las gotas seguía poniéndome triste. La lluvia caía y se confundía con mis lágrimas como el caudal de un río que nunca conoció veranos.

Cuando tú te fuiste ya no había paz, ya no había treguas. Jugaba cada noche a la ruleta rusa con mis fantasmas y la bala siempre era para mí. Pero no me dolía. Ya no me dolía nada. Para entonces era capaz de soportar un huracán de pie en plena calle, impasible, mientras todo se movía a mi alrededor.

Pero por fin llegaron los días en los que salía el sol. Entonces me sentaba en la terraza y miraba las hormigas andar con su pesado ascenso por las paredes. Parecía una procesión hacia el Monte Calvario. Me sentía enorme a su lado, como cuando trepabas por mi cuerpo y me creía diosa. Aquellos días decidí guardar las mariposas de mi estómago en un frasco de cristal, por si quería visitarlas de vez en cuando. Más tarde las encerré bajo llave en un cajón, para que nunca más pudieran volar. Jamás sería lo mismo. Lo peor del mundo es negar el vuelo a quien tiene alas.

Y ahora ya estás tan lejos… tan lejos que ya no te reconozco en mis sueños. Ni en las noches de insomnio que ahora utilizo para bailar con otros. Ya no me da miedo nada. Ni siquiera la soledad. Me he hecho su amiga. Agarro sus manos siempre que aparece y se sienta a mi lado silenciosa y se las caliento con besos. Nada me para. Vuelo sin penas, sin disturbios, sin rabia. Conmigo. Me quiero, de manera incondicional, como tú nunca supiste quererme.

 

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©Agata Wierzbicka

 

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Publicado por

Marta Castaño

(Pamplona, España, 1988) Licenciada en Filología Hispánica y graduada en Información y Documentación. Bibliotecaria errante, apasionada por la literatura en todas sus formas, lectora siempre y escritora a veces.

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